Del Viernes, 09 de Enero de 2026 al Domingo, 11 de Enero de 2026
José María López. José María López: la pasión por las letras
--- Por Javier S. Sánchez.
Maestro de maestros. No cabe mayor titulación, no de las de cartón, para una vida entregada al aula, a las palabras, a la vida. José María López, profesor jubilado de la Escuela de Educación y Turismo de Ávila de la USAL, falleció en diciembre.
Apasionado de las letras, su hábitat era una clase de futuros filólogos que, como dice el profeta: “Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba”.
José María nos enseñó a devorar a los grandes del castellano, de Góngora a Lorca, de san Juan de la Cruz a Pablo Neruda; pero no a bocados, sino paladeando cada palabra, cada verso. Conocimos la magia de los recursos literarios, la belleza de la forma que se adentra en el alma para encantarla. Aliteración, pleonasmo, metáfora, oxímoron…, efectos estéticos que juegan con el lenguaje y lo embellecen.
Se quejaba de que se publicaban muchos libros, tantos que no daba tiempo a leerlos todos; y esa pasión por la lectura fue, sin duda, el mejor legado para nosotros, sus alumnos. Y, como en progresión geométrica, se ha ido extendiendo por las escuelas y las aulas de nuestra geografía. Ha creado una familia numerosísima con un vicio común: leer.
En esos años ya ansiábamos nuestra incursión en algo que habíamos deseado desde bien pequeños, el magisterio, la no profesión más admirable, más fascinante y más bella del panorama laboral. Entonces no éramos profesionales de la enseñanza, no estábamos sujetos a leyes absurdas y extravagantes burocracias. Se llamaba vocación.
Y por eso disfrutamos tanto con las picardías de Lázaro de Tormes, el simbolismo de fray Juan y las maldades de la vieja bruja y puta Celestina.
Por entonces ya me apasionaba Machado y su visión de Castilla, pero entrando en el 27 me desesperaba intentando comprender el surrealismo de Vicente Aleixandre. Se lo comenté a José María y me dijo que perdiera esa obsesión por entenderlo todo, por encontrar un sentido a cada símbolo; que me dejara, que me abandonara, que sintiera la poesía. Sin más. Y lo demás ya llegaría. Era el disfrute de la lectura sin perderte en los adornos, en la técnica; dejando que me empapara como lluvia fina.
José María mantenía una calma que invitaba al embebecimiento y al embeleso, la literatura no puede explicarse como la geografía o las matemáticas; tiene un componente mágico que, en las manos y en la voz adecuada, alcanza un embrujo que solo se manifiesta en aulas donde muchos estudiantes de letras esperan cada día el milagro de un maestro que no dicta, que no impone; que vive y hace vivir con intensidad.
Con apenas veinte años andábamos en amores y en esa lógica ilógica del enamoramiento comenzamos a entender a Aleixandre.
Pasando el tiempo coincidí con su alma gemela, Emilia Nieto, en las aulas de Educación de Adultos. Imaginé que la casa que habitaban habría de estar llena de libros y relatos. Y que ambos, maestros de manos entregadas, de mirada limpia, de versos y prosas forjados en el carcavón de sus noches y sus días, habrían de dejar huella en cada una de nuestras casas más allá de la orla donde aparecen. Y también en las aulas donde reverbera, ahora en nuestra voz, el eco de sus enseñanzas y sus valores.
En los exámenes, José María dejaba que una pregunta nos la hiciéramos nosotros mismos estimulando la creación. En una ocasión me puse como tarea escribir algo a propósito de estos versos de Bécquer: “Sabe, si alguna vez tus labios rojos/ quema invisible atmósfera abrasada,/ que el alma que hablar puede con los ojos/ también puede besar con la mirada”. Y escribí: “Sabe, si alguna vez ecos lejanos/ penetran, de mi voz, tus manos tibias,/ que el alma que hablar puede con las manos/ también puede besar con las caricias” (Junio, 1985). José María, condescendiente como Machado con Mairena, dijo: “No está mal”. Así, desde el corazón, empecé a entender a Aleixandre.
Sit tibi terra levis, MAESTRO.





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