Del Viernes, 30 de Enero de 2026 al Domingo, 01 de Febrero de 2026
Se nos ha acabado José María; lo mismo que se nos termina un buen libro. Así, como de repente. Y la mismita sensación de desamparo, de eterno vacío después de esa última página.
Él era una Odisea enterita, un Quijote burlón, una Celestina con demonio, un Lazarillo sin dientes. Él era diez siglos de literatura en dos patas torpes y un bastón. Le veías andar y sonaba a biblioteca. Miles de estanterías chirriando a cada paso. ¿Dónde vas a ir ahora con esa escandalera, amigo? ¿En qué lugar te dejarán descansar los pies para leer tranquilo?
Tú, que eras casi todo libros, lo mismo que otros somos agua. Yo calculo, tirando por lo bajo, que un 83 por ciento. Tú que eras padre, que eras esposo, que eras amigo, que eras una persona comprometida con todo lo que merece un compromiso en esta vida. Tú que eras y eres, en el buen sentido de la palabra, bueno. Y desde esa bondad se puede hacer lo que uno quiera: enseñar literatura en la Escuela de Magisterio, militar en Izquierda Unida, ventilar ciudades con Ávila Abierta…
Yo coincidí con él en un programa de lectura para personas con problemas de visión. Nos reuníamos una vez a la semana para leer en voz alta. Él se lo preparaba concienzudamente, igual que otros planean imperios. Elegía fragmentos, medía tiempos, ponía el contexto. Era un general en alguna batalla lejana, controlando hasta el mínimo detalle de una guerra perdida de antemano.
Lo veía cada semana diseccionar libros, desmenuzarlos de a pocos para regurgitárnoslo a la glotis. Y nosotros piando como crías. Y él riéndose de los efluvios que salen del miedo de Sancho Panza, como si lo estuviera descubriendo en ese preciso instante. Y yo pensando (con el tiempo, claro, en el momento no me di cuenta) que eso, al fin y al cabo, debe ser el amor. Ver a alguien todos los días y seguir sorprendiéndote. Leer el Quijote una vez más y reír estúpidamente, de nuevo, como un adolescente entregado.
Una vez contó, como para demostrar que la literatura se nos cuela por las rendijas de la vida, que había escuchado hablar a dos albañiles desde la ventana de su casa. Uno le decía a otro que, Dios, para ser Dios, a veces parecía no enterarse de nada. Y eso mismo he pensado hoy, cuando me han dicho que te habías muerto, José María: que Dios, a veces, no se entera de nada.
José María López García fue profesor de Literatura en la Escuela de Educación de la USAL en Ávila.





Laura Rubio | Domingo, 14 de Diciembre de 2025 a las 13:34:49 horas
¡Cuánto lo siento, amigo, compañero, siempre amable, siempre con una sonrisa! Descansa en paz.
¡Qué solos quedamos los vivos!
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