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Eduardo Cabezas Ávila
Domingo, 2 de abril de 2017

250 años de la expulsión de los jesuitas y del cierre de la Escuela de gramática de la Compañía

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En la madrugada del día 1 de abril de 1767 tres piquetes de la tropa del Regimiento Asturias ocupaban “la plazuela que está ante el Colegio de la Compañía” (actual Plaza del Teniente Arévalo) por orden del Corregidor e Intendente de Ávila D. José González, con la finalidad de que nadie pudiera entrar o salir del colegio y recoger la ropa, libros, papeles o cualquier otra cosa que pudiera arrojarse por las ventanas.

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Se ponía en marcha el plan de expulsión de los jesuitas tal como establecían el Real Decreto de extrañamiento y la Pragmática sanción de Carlos III.


“Ya roto el día aunque no del todo” entraron en el colegio el Intendente, el escribano, el alguacil y la restante tropa. Reunieron a todos los religiosos “en una de las piezas más capaces del colegio” y les pidieron que entregaran todos los efectos de importancia, especialmente títulos de renta y caudales; “resulto haber en plata y vellón 2760 reales de vellón”, “corta porción de dinero” para lo que esperaban las autoridades. Les comunican que en 24 horas partirían a Burgos, y desde allí a su embarque en Santander, por lo que les manda recoger sus pertenencias más imprescindibles. En Ávila quedará el procurador P. Joseph Seco para todo lo tocante a haciendas, papeles, ajustes de cuentas, caudales, etc. Y se encarga a un vecino de la ciudad para que “los lleve, cuide y provea de géneros comestibles” en el camino.


El P. Isla en su Memorial se quejará del trato dado a los religiosos, sobre todo, de la poca consideración con los enfermos, para los que después de mucho insistir consiguieron que fueran llevados en un carro que, según el P. Isla, parecía “como si se hubiera preparado para cargar estiércol”, y los sanos en “unos indecentes rocines”; y de la poca y mala calidad de la comida.


“Como a la ora de entre las seis y las siete de la mañana”, ya del día 2, el Intendente entregó al Teniente capitán de Granaderos los 18 jesuitas que había en el convento con una relación de sus nombres, apellidos y oficios. Y añadiendo dramatismo, el P. Isla dice que así “diose principio a la marcha, rodeados 18 religiosos de 30 guardias…. tambor batiente… que más parecía una cadena de galeotes conducidos por los caminos del castigo que una comunidad de religiosos”. El Intendente de Burgos firmó el “recibí” el día 9 de abril de 1767.


¿Qué reacciones hubo en Ávila? Poco se sabe del comportamiento del pueblo al encontrarse las puertas del colegio cerradas. La más significativa y controvertida fue la del Obispo Miguel Fernando Merino que no solo defendió la tesis de que el Rey estaba obligado en conciencia a expulsar a los jesuitas, sino que publicó una Carta pastoral exhortando a los abulenses a obedecer a Carlos III en todo lo referente a las disposiciones sobre los jesuitas.

 

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El dinero recogido en el colegio apenas dio para pagar los gastos del viaje y la estancia en los Carmelitas calzados y conducción del P. Procurador al puerto de Cartagena; borrar los escudos de la Compañía y colocar dos escudos del Rey en la puerta del colegio hubo que pagarlo con cargo a las Temporalidades (bajo este término se incluyen los bienes temporales de los jesuitas, es decir, propiedades, muebles e inmuebles, y las rentas eclesiásticas).


La salida de los jesuitas permitió una reutilización del espacio desocupado, especialmente ventajoso para el obispo que pasó a ocupar el colegio, desplazando las escuelas al viejo palacio episcopal. No tuvo especial significación económica. Los bienes muebles se vendieron en almoneda, lo mismo que la ganadería, la de mayor valor fue la dehesa de la Garoza, en Muñogalindo, otras propiedades estaban afectas a la instrucción y así se mantuvieron en el  fondo de las Temporalidades. El mayor cambio se produjo en la instrucción: cerraban la Escuela de Gramática y la de primeras letras.

 

Las Escuelas de Gramática o latinidad eran escuelas de tipo medio o de estudios medios, preparatorios para otros superiores o para el empleo, centrados en las disciplinas típicas de las humanidades: gramática, latín… (trivium). Los jesuitas se hicieron cargo de la mayoría de escuelas de gramática catedralicias y municipales, como ocurrió en Ávila. Abiertas, en principio, a estudiantes “de toda condición” y gratuitas. Sin embargo, la mayoría de los alumnos pertenecían a las clases pudientes. Decía Abelardo Merino que en Ávila (La sociedad abulense durante el siglo XVI. La nobleza, Madrid, 1926): “Los jesuitas (…) se llevaron pronto los hijos de todas las familias pudientes…”.


Abrió sus puertas en San Gil (actual Jerónimos) en 1567, y aquí permaneció poco más de 50 años, y durante otros casi 150 en San Ignacio (actual obispado). Sostenido con rentas, préstamos, juros, donaciones, censos, propiedades, etc. concedidas al Colegio o adquiridas, y, especialmente, por la Fundación en 1623 de D. Diego de Guzmán con la finalidad de dotar de “renta segura” al colegio. En el tiempo que estuvo en San Gil conoció días de gran esplendor. Fueron los años de la docencia del P. Bonifacio, uno de los principales representantes del teatro que se hizo en los colegios jesuíticos y autor de numerosas obras, por ejemplo, la Tragedia quae inscribitur Vicentina que trata del martirio de los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, una obra maestra en su género para algunos especialistas. En Ávila escribió el libro Christiani Pueri Institutio, el primer libro de “metodología pedagógica”, como algún autor afirma.


En la Ávila de finales del siglo XVI, con claros síntomas de despoblación y decadencia, los jesuitas fueron los principales educadores de la juventud abulense, y a lo largo del XVII y XVIII, el Colegio mantuvo, al menos para una parte de la población, el sistema educativo promovido por la Ratio Studiorum que, adoptado por la Compañía, se extendía por toda Europa y del que, a su nivel, participaba el de Ávila. Su grado de desarrollo y evolución corrió paralelo al de la ciudad, quizá la instrucción fue un punto más, y creo que no el menor, a añadir a la lista de efectos de la decadencia en la que había entrado la ciudad. El siglo XVII, cuando la decadencia ya era evidente, comenzaba con solo dos cátedras, una menos de las tres dotadas, y así se mantuvieron durante muchos años, lo que hace suponer también el prolongado descenso del número de alumnos.


Desde el punto de vista de la instrucción, el cierre del Colegio de los jesuitas -en general, la expulsión- fue “un paso notable en la secularización de estas enseñanzas al atribuírselas a maestros y preceptores seglares por oposición” (T. Egido), y abrió el camino para el desarrollo de la instrucción pública a cargo de ayuntamientos, y más tarde también de las diputaciones. Se contaba con edificios (en Ávila las escuelas y casas de maestros ocuparon el antiguo Palacio del obispo, conocido como Corralón) y rentas. Había que seleccionar profesores. Y, sobre todo, superar la desorganización y desconfianza del público. Es lo que pretendía la Real Orden de 5 de octubre de 1767: un plan para la reforma de la enseñanza de la juventud «que habían tenido como estancia los regulares de la Compañía... de que se había originado la decadencia de las letras humanas».


La nueva Escuela de gramática se mantuvo con los dos profesores: una cátedra de mayores y un preceptor de menores; en el año 1828 quedaría reducido a uno, que se integraría en 1848 en el Instituto provincial, con cuya creación comenzaba en Ávila la Enseñanza Media moderna.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 20 de abril de 2017 a las 21:42
debellare superbos
A lo largo de la historia la Compañía de Jesús ha sido expulsada de varios países y en diferentes momentos. De Francia en el siglo XVI. De Venecia, Japón, Malta e Inglaterra en el siglo XVII. De España, Portugal y Francia en el XVIII.
De Holanda, Reino Unido, Suiza, Italia y Austria-Hungría, Ecuador, Brasil, Colombia, Alemania, España y Francia en el XIX. De Francia, Portugal y España (2ª República) en el siglo XX. Cabe preguntarse las causas.

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