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Luis Miguel Gómez Garrido
Viernes, 17 de febrero de 2017

San Blas: fiesta, rito y devoción

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San Blas, mártir cristiano cuya fiesta se celebra cada tres de febrero en un gran número de pueblos del territorio hispánico, fue obispo de Sebaste (Capadocia) en el siglo IV d.C.

[Img #67215]Entre los milagros que se le atribuyen, quizá el más conocido sea aquél que narra cómo el santo salvó a un niño de morir asfixiado por una espina de pescado. Por ello, San Blas figura dentro del imaginario folklórico, como abogado y protector contra toda suerte de dolencias y males de garganta.

 

Del célebre prodigio obrado por el santo, se hace eco la literatura de tradición oral, como puede apreciarse en estos dos cantares recogidos en el pueblo leonés de Sabero:

 

A un niño de siete años
una espina se le clava
en su tierna gargantilla
por tu intercesión se arranca.

 

Milagros de este prodigio
se ven en tu vida santa
y por eso te llamamos
abogado de garganta
(1).


      
La festividad de San Blas, hay que situarla dentro de las denominadas “fiestas de invierno”, ya que, al igual que otras del mismo ciclo (San Antón, San Sebastián, las Candelas…), cumple la función de propiciar la luz del sol y la llegada de la estación fértil, por medio de toda una serie de ritos relacionados con el fuego.

 

En Bercial de Zapardiel (Ávila), se celebran las fiestas de San Blas durante los días dos, tres y cuatro de febrero. La víspera de San Blas, los quintos suben a la torre de la iglesia y voltean las campanas. Con un sentido probablemente mágico (o apotropaico), heredado de viejas creencias precristianas, encienden fuegos o luminarias, que sólo los más atrevidos se aprestan a saltar.

 

En la madrugada de San Blas, los quintos vuelven a subir a la torre de la iglesia, a voltear las campanas. Ya al amanecer, al toque de alborada, el pueblo entero recorre bulliciosamente las calles de la localidad, bailando la conga. En esta fiesta, se respira un claro ambiente carnavalesco, que se evidencia en los zurriagazos que propinan unos individuos disfrazados de legionarios romanos, a todo el que se atreve a romper la larga fila que compone el pasacalle.

 

Los familiares de los quintos de aquel año, salen a la puerta de sus casas, y convidan a todo el pueblo con mantecados, perrunillas y copas de anís y aguardiente.

 

A continuación, se celebra la ceremonia religiosa. Después de salir en procesión con la imagen del santo, y de bailar, al compás de la música, la jota castellana, lugareños y forasteros se disponen a besar la reliquia de San Blas.


Sorprende sobremanera, –y más en una sociedad globalizada y tecnológica como la actual–, la extraordinaria vitalidad de la que goza, en este pequeño pueblo de la provincia de Ávila, una tradición de raíces tan viejas y antiquísimas.


También he podido comprobar a lo largo de mis exploraciones etnográficas, cómo la devoción a San Blas se encuentra especialmente arraigada en distintas localidades de la provincia de Salamanca: Santa Marta, Babilafuente, Castellanos de Moriscos, Macotera…


Unos días antes de San Blas, la castiza estampa del vendedor de gargantillas, añade una pincelada costumbrista a la muy transitada Calle de Toro, arteria comercial de Salamanca. Para que dichas gargantillas obren la deseada virtud profiláctica, será preciso llevarlas al cuello hasta el Miércoles de Ceniza:

 

El día de las águedas, el día de San Blas, te ponían una cinta al cuello y ibas a tomar la… O sea, ibas…, el día de San Blas era eso.

Y ibas a casa de todos los familiares que tuvieras: los tíos, las abuelas… Y cada uno te ponía una cinta en el cuello, a ver quién tenía más.

Y luego, el Miércoles de Ceniza, ibas a tomar la ceniza y ya te quitabas la cinta (2).

 

[Img #67216]

El último paso de este ritual, tal como se lo oí contar hace un año al mismo vendedor de las gargantillas, consiste en quemar y reducir a cenizas la referida cinta. De nada nos serviría invocar al santo frente a los embates de insanas afecciones y molestas afonías, si no efectuáramos con el debido rigor, este sacrificio simbólico.


Con el fin de ampliar el enfoque respecto a unas creencias que trascienden el ámbito de lo estrictamente local o autóctono, reproduzco a continuación un paralelo recogido de la tradición oral hispanoamericana, sobre el ensalmo que se suele recitar cuando una espina de pescado se queda atravesada en la garganta:

 

Para cuando te atragantas con una espina de pescao, enciendes una vela, coges dos dedos donde sientes la maldad y haces con ellos una cruz. Y dices:

 

San Opolio del cielo
y del coro celestial,
lleve este mal a su lugar
y deje este alma descansar.

 

Repites la oración tres veces. Y luego dejas la velita encendida.
Se hace tres veces, tres días lo mismo. Y la velita también
(3).


 
Podría aportarse una documentación mucho más rica, variada y exhaustiva acerca de esta festividad situada entre la magia y la ortodoxia católica. Baste por el momento, este breve recorrido desde toda una suerte de rituales de signo acústico (volteo de campanas) e ígneo (luminarias), hasta los supuestos poderes taumatúrgicos que la secular tradición folklórica atribuye al obispo y mártir de Sebaste.

 

 


 

(1) Ángel Carril Ramos: 'Etnomedicina. Acercamiento a la terapéutica popular' (Valladolid: Castilla Ediciones, 1991), pp. 41-42.

(2) Registrado por mí a Juana Martín Nieto, natural de Macotera (Salamanca) y de 64 años de edad, el 21 de septiembre de 2012, en Castellanos de Moriscos (Salamanca).

(3) Registrado por mí en Ávila, el 1 de febrero de 2009, a Nidia Terrero Féliz, natural de Barahona (República Dominicana) y de 57 años de edad.

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1 Comentario
Fecha: Viernes, 17 de febrero de 2017 a las 15:49
Alondra armuňesa
¡Enhorabuena! Muy bien documentado y rico en datos. Aportas algo muy importante, que es la fé. Creer que algo va a traer un beneficio es recibir ese beneficio o ayuda. Yo también llevo la gargantilla de San Blas.

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