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Expedición de la Peña Cicloturista Amigos de Santiago. La expedición está compuesta por 12 ciclistas peregrinos: José Gregorio Rodríguez, Antonio Novoa, Jesús Nieto Pajares, Víctor Jiménez, Josemi Jiménez, Pedro Alberto Nieto, José Luis Sánchez, Miguel Ángel Abad, Jose Manuel Velasco, Bienvenido Jiménez, Enrique Villacastín y Gabriel Albarrán. Un extraordinario equipo.
Según el libro de ruta, la marcha se desarrollará en nueve etapas, con las siguientes salidas: Ávila, Tordesillas, Benavente, Ponferrada, Portomarín, Santiago de Compostela, Orense, A Gudiña, Benavente, Medina del Campo y Ávila. El martes 23 de junio está prevista la llegada a Santiago de Compostela, objetivo principal de la ciclomarcha-peregrinación, donde suele tener lugar la habitual recepción de las autoridades municipales.
Igual que ocurriera en ediciones anteriores, recuperamos el espíritu manifestado entonces como motor de la hazaña deportiva: “La llegada a Santiago no es más que un punto en el camino, de hecho la mitad de sus aspiraciones, por cuanto el objetivo solo se completa con el regreso a la ciudad de Ávila [en este caso el domingo 28 de junio], con el recuerdo y la enseñanza de las experiencias vividas”.
Peregrinos
Por nuestra parte, retomamos nuestra colaboración en el libro de ruta con las siguientes impresiones. Cuentan los viejos peregrinos que el Camino no empieza en Roncesvalles ni en Ávila, sino en un lugar más profundo: en el instante en que el alma decide partir. Y cuando el ciclista —ese peregrino que no camina, sino que rueda— cruza el primer mojón, algo despierta. No es solo un viaje: es una llamada. Como escribió Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Y el viaje será una escuela de paciencia, de entrega, de transformación, donde “La paciencia todo lo alcanza”, como recordó Santa Teresa.
Al principio, el mundo aún pesa. Las alforjas tiran hacia abajo como si quisieran recordarle su vida anterior. La pendiente se alza como un gigante vigilante. La bicicleta cruje como un animal que tantea a su jinete. Pero el Camino, que es antiguo y sabio, empieza a trabajar en silencio. Lo hace siempre así: sin prisa, sin ruido, sin permiso.
Además, como se dice en el Códice Calixtino: “Quien vaya a Santiago con devoción, no tema los caminos ni los peligros”. Y el ciclista moderno, aunque no tema lobos ni salteadores, reconoce en esa frase una verdad intacta: el Camino exige entrega, pero devuelve sentido.
Tras los primeros kilómetros, el ciclista siente cómo la mente se abre, como si una puerta interior cediera al fin. El pedaleo se vuelve un ritmo primigenio, un tambor que acompasa el corazón. La respiración se hace oración. El cuerpo, templo. El alma, peregrina. Los pensamientos se limpian como un cielo después de la tormenta. Las preocupaciones se deshacen como polvo entre los dedos. La claridad llega con la suavidad de una luz que no hiere.
Territorio interior
En ese estado de gracia, el ciclista comprende que no está avanzando por un mapa, sino por un territorio interior que llevaba años esperando ser recorrido. Entonces entiende que el Camino es, ante todo, un salto hacia lo desconocido, como susurró San Juan de la Cruz: «Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes».
Pero ningún mito existe sin pruebas. El Camino, que forjó a reyes, mendigos y santos, también pone a prueba al peregrino ciclista.
Hay cuestas que parecen montañas sagradas. Hay barro que atrapa la rueda como si quisiera retener al viajero. Hay lluvia que cae con la furia de un dios antiguo. Hay frío que muerde los huesos como un animal hambriento.
Y aun así, el ciclista sigue. No por orgullo, sino por una fuerza que no sabe nombrar.
En los momentos más duros, cuando la duda se acerca como una sombra, surge una voz interior —o quizá ancestral— que susurra: “Sigue. Respira. Asciende. No te detengas”, que las palabras de Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante”, y ese verso se siente como un escudo invisible contra la duda y el cansancio.
En medio de la soledad, el ciclista descubre una comunidad silenciosa. Caminantes, ciclistas, almas que avanzan con la misma mezcla de fe y cansancio. No necesitan palabras: basta un gesto, una mirada, un saludo que viene de siglos atrás.
Y en ese instante, el ciclista siente lo que escribió San Juan: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor», porque cada peregrino, con su paso o su pedalada, sostiene a los demás sin saberlo. O, como escribió Walt Whitman: “Yo soy inmenso, contengo multitudes”, porque en cada peregrino reconoce un reflejo de sí mismo, una chispa de la misma búsqueda.
La logística —el terreno, los ruidos de la bicicleta, la distancia al próximo pueblo— deja de ser preocupación y se convierte en un arte. El ciclista aprende a leer el camino como quien lee un presagio: una piedra fuera de lugar, un cambio en el viento, un silencio repentino.
Camino
La bicicleta ya no es una máquina: es un animal fiel. El camino ya no es una ruta: es un maestro. El ciclista ya no es un viajero: es un iniciado. Y recuerda a Teresa: “Solo Dios, basta”, y entiende que, en el fondo, avanzar es un acto de confianza radical. Igual que decía María Zambrano: “Caminar es siempre ir hacia la claridad”, comprendiendo que cada pedalada es una forma de alumbrarse.
Cuando al fin la catedral compostelana aparece, no como un edificio, sino como una visión de piedra y eternidad, el ciclista comprende la verdad que el Camino susurra a todos sus hijos:
— Que no ha llegado a Santiago: ha llegado a sí mismo. — Que no ha conquistado kilómetros: ha conquistado sus sombras. — Que no ha vencido al cansancio: ha despertado a la luz.
El peregrino, entonces, deja la bicicleta a un lado, respira hondo y siente que algo en él —algo antiguo, algo sagrado— comprende que no ha llegado a un lugar, sino a un estado. Como escribió Juan Ramón Jiménez: “No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo”.
Y entonces, como recordó San Juan de la Cruz: «Al atardecer te examinarán en el amor». Porque el camino no termina en la plaza del Obradoiro. El camino empieza allí donde el corazón late distinto.
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