Del Viernes, 08 de Mayo de 2026 al Lunes, 11 de Mayo de 2026
Domingo del Prado presenta su último libro de romances, ‘Como Pedro por su casa’ este martes en el Auditorio de San Francisco.
Le acompañan ante un expectante público el alcalde de Ávila, Jesús Manuel Sánchez Cabrera; el director del Diario de Ávila, Pablo Serrano, y un servidor, acto amenizado con canciones interpretadas por Clara Álvarez Camarero.
La expresión ‘Como Pedro por su casa’, título del libro de Domingo del Prado, cuya presentación es el motivo que de la convocatoria que nos ha reunido, se utiliza para describir a quien actúa en un lugar ajeno con total confianza, descaro o familiaridad, como si fuera propio.
Su origen se vincula históricamente a Pedro I de Aragón, quien conquistó Huesca en 1096 con gran facilidad, moviéndose por la ciudad con total seguridad tras la victoria.
Tomando entonces prestada aquella expresión, el libro de Domingo del Prado se nos presenta como un juego en el que el autor se mueve con soltura, con comodidad, con confianza, lo que hace con el doble sentido, con el guiño político, con la complicidad con el lector.
En ello, Domingo disfruta escribiendo, y esa alegría se nota en cada verso, siguiendo la estela de su particular romancero publicado en el periodo que va desde septiembre de 2023 hasta julio de 2025 en las secciones ‘Los lunes de Domingo’, en el Diario de Ávila, y ‘Los viernes domingueros’, en El Adelanto Bañezano. Una primera selección de años anteriores fue reunida en el libro ‘Versos y reversos’, en cuya presentación tuvimos también la oportunidad de participar en este mismo lugar hace tres años.
Por la mirada
Hay autores cuya obra se reconoce por la forma, otros por el fondo y unos pocos —muy pocos— por la mirada. Domingo del Prado pertenece a esta última categoría: la de quienes han encontrado un modo propio de observar el mundo y de traducirlo en palabras. Una mirada que no es solemne, ni amarga, ni distante, sino irónica, juguetona, a veces tierna y siempre profundamente humana. Una mirada que, como escribe Antonio Colinas en el prólogo del libro, “despierta en nosotros el buen humor, alegra por su agudo ingenio y por la extraordinaria destreza formal”.
En esta ocasión hablamos de esa mirada, de ese modo de contar la realidad que Domingo ha convertido en un género propio: el romance satírico contemporáneo. Un género que hunde sus raíces en la tradición literaria española, pero que él ha sabido actualizar con una naturalidad sorprendente, como si el verso rimado fuese el lenguaje natural de la actualidad política, social y humana.
Domingo del Prado no es un escritor encerrado en una torre de marfil. Es un autor que vive, observa, escucha, conversa, se indigna, se ríe y se emociona. Y desde esa experiencia vital escribe. Por eso sus romances no son ejercicios de estilo, sino fragmentos de vida convertidos en literatura.
Su trayectoria es larga y diversa: más de veinte libros publicados, colaboraciones en prensa, ilustraciones, proyectos pedagógicos, poesía, humor gráfico. Pero lo que define su obra no es la cantidad, sino la coherencia: una voz reconocible, un tono propio, una fidelidad a la ironía como herramienta de pensamiento.
Cuando se le pregunta cuántos libros ha escrito, responde con una sinceridad que lo retrata: no lo sabe con exactitud. No porque no le importe, sino porque su impulso creativo no nace de la contabilidad, sino de la necesidad de comunicar. Él mismo lo dice: su ambición no es vender, sino llegar a la gente, entretener, acompañar, provocar una sonrisa o una reflexión.
Romances
En un tiempo dominado por la inmediatez, por el titular fugaz, por la opinión sin reposo, Domingo ha elegido el romance. Y esa elección es, en sí misma, un gesto de resistencia cultural. El romance exige ritmo, exige musicalidad, exige una arquitectura interna que obliga a pensar antes de escribir. Obliga a hilar, a pulir, a buscar la palabra exacta.
Domingo lo explica con claridad: la poesía necesita ritmo, necesita música. Y el romance, con su cadencia casi ancestral, convierte cada columna en una pequeña pieza escénica. No es casual que sus lectores esperen cada lunes o cada viernes su entrega semanal como quien espera un capítulo más de una serie. Hay en sus textos una continuidad narrativa, una complicidad con el lector, un guiño permanente que hace que cada romance sea parte de un diálogo más amplio.
Pero el romance no es solo forma: es también una manera de mirar. La rima obliga a sintetizar, a elegir, a afinar. Y esa síntesis convierte la actualidad en materia literaria sin perder su esencia. Domingo no trivializa lo que cuenta: lo ilumina desde otro ángulo.
La política española —y la internacional— es un terreno fértil para la sátira. Y Domingo lo sabe. Feijóo, Abascal, Yolanda Díaz, Puigdemont, Koldo, Óscar Puente, Milei, el alcalde de Ávila y, por supuesto Pedro Sánchez, desfilan por sus versos convertidos en personajes de una comedia humana que, aunque exagerada, nunca deja de ser verosímil.
Pero lo interesante no es la lista de nombres, sino la actitud con la que los aborda. Domingo no escribe desde el rencor ni desde la superioridad moral. Escribe desde la ironía, desde la distancia humorística, desde la convicción de que la política, sin humor, se vuelve insoportable. Él mismo lo afirma: los políticos son "una mina auténtica para hacer humor". Y lo dice con gratitud irónica, consciente de que la realidad supera a veces a la ficción.
La actualidad política es, como él indica Domingo, “un filón”. Pero un filón no basta: hace falta oficio. Y Domingo lo tiene. Su capacidad para transformar una noticia en un romance, una declaración en un verso, un gesto político en una imagen literaria, es fruto de años de práctica, de lectura, de escucha.
Sus romances son, como él acepta, opinión en verso. Opinión que no pretende sentar cátedra, sino ofrecer una perspectiva distinta, más ligera, más amable, más humana. En un momento que él mismo define como “el peor desde el inicio de la democracia”, su escritura se convierte en un espacio de distensión y lucidez.
Humor e inteligencia
El humor no es evasión. No es frivolidad. No es superficialidad. El humor —el buen humor— es una forma de inteligencia. Es la capacidad de mirar la realidad sin dejarse aplastar por ella. Es la habilidad de encontrar un resquicio de luz en medio del ruido. Es, en definitiva, una manera de resistir.
Domingo lo sabe bien. Y por eso insiste en que para hacer humor hay que saber reírse de uno mismo. Esa autocrítica amable, esa capacidad de relativizar, es lo que da profundidad a sus textos. No se trata de burlarse de los demás, sino de desactivar la solemnidad que a veces envuelve la vida pública.
El humor, en su obra, no es un fin, sino un medio. Un medio para pensar, para comprender, para convivir. Un medio para recordar que la política, la sociedad y la vida misma pueden ser miradas desde un ángulo menos áspero.
Pero sería injusto reducir la obra de Domingo al humor político. Hay en él una vertiente más íntima, más tierna, más emocional, que también forma parte de su identidad literaria. Esa vertiente aparece en sus textos dirigidos a niños y mayores, en sus poemas pedagógicos, en sus ilustraciones, en su capacidad para transmitir valores sin moralizar.
Y aparece, sobre todo, en momentos de dolor. El romance ‘Llanto por mi tierra negra’, escrito tras el incendio que arrasó su comarca, es un ejemplo conmovedor. Ese texto, que se hizo viral, demuestra que Domingo no es solo un observador irónico, sino también un testigo sensible. Él mismo recuerda cómo, al volver al pueblo, «se le cayó el alma a los pies». Esa frase resume la devastación, la pérdida, la desolación de un paisaje que formaba parte de su vida.
Ese poema no es humorístico. Es un lamento. Pero incluso en ese lamento hay una forma de belleza, una dignidad que convierte el dolor en memoria compartida.
Domingo describe su proceso creativo con una mezcla de humildad y precisión. Todo comienza con una chispa: una idea que surge mientras hace cualquier otra cosa. Esa chispa se convierte en un borrador, y ese borrador en un texto que debe ajustarse a la extensión limitada de la prensa. Esa limitación, lejos de ser un obstáculo, se convierte en un estímulo: obliga a pulir, a sintetizar, a elegir.
Libertad
Uno de los aspectos más interesantes de su obra es la libertad con la que escribe. Libertad que él mismo agradece a los directores de los medios donde colabora, que nunca le han tachado una coma. Esa libertad es esencial para su estilo: sin ella, la ironía se vuelve cauta, el humor se vuelve tímido, la crítica se vuelve inofensiva.
Los romances de Domingo tienen una peculiaridad: incluso aquellos a quienes critica suelen tomárselo bien. Quizá porque la crítica está envuelta en humor, quizá porque la ironía suaviza el golpe, quizá porque, en el fondo, todos preferimos ser caricaturizados con gracia que ignorados con indiferencia.
Algunos incluso quieren ser protagonistas de una de sus columnas, como si aparecer en sus versos fuese una forma de reconocimiento. Y no es extraño: sus romances no humillan, sino que exageran con elegancia. No ridiculizan, sino que iluminan. No destruyen, sino que desmitifican.
Vivimos tiempos ruidosos. Tiempos acelerados. Tiempos en los que la política se ha convertido en un campo de batalla verbal y emocional. En ese contexto, la obra de Domingo del Prado es un recordatorio de que la literatura puede ser un espacio de encuentro. Un espacio donde la crítica no excluye la sonrisa, donde la ironía no elimina la ternura, donde la actualidad puede ser mirada con distancia y con afecto.
Domingo escribe para que disfrutemos. Para que pensemos. Para que relativicemos. Para que recordemos que la vida, incluso en sus momentos más tensos, admite un punto de humor. Y ese humor, lejos de ser superficial, es una forma de lucidez.
Así que solo cabe esperar, como dice Domingo, «que los lectores disfruten leyendo sus romances”, y en ello los comenten y los compartan. Porque en cada uno de ellos hay una chispa de inteligencia, una dosis de humor y una mirada que nos reconcilia, aunque sea por un instante, con la realidad.
Finalmente, Domingo anuncia ya su próximo proyecto: un libro de poesía ilustrado por él mismo, cincuenta poemas y cincuenta dibujos. Una obra que promete unir sus dos lenguajes naturales: el trazo y el verso. Esa combinación no es nueva en su trayectoria, pero sí lo es la ambición del proyecto: un diálogo entre imagen y palabra que ampliará su universo creativo.
DOMINGO DEL PRADO. Nació en 1956 en la aldea leonesa de Pobladura de Yuso (hoy 29 habitantes: 17 varones y 12 mujeres). De niño se traslada al vecino Pinilla de la Valdería, pequeña pedanía de Castrocontrigo, comarca de la Valdería, cerca de La Bañeza. Estudió en los seminarios de La Bañeza y Astorga, y se licencia en Salamanca en Ciencias de la Educación. Lo suyo es el magisterio, maestro de escuela, en León, Zamora y Ávila (El Barraco) y en Ávila asesor de nuevas tecnologías del CFIE de Ávila, permaneciendo en esta tierra 30 años.
Domingo, además de trovero, es novelista, comediógrafo, pintor, dibujante, caricaturista, viñetista y cuentista, aparte de haber sido maestro de escuela y pedagogo. Hizo de su nombre el título de sus colaboraciones: ‘El humor del Domingo’, ‘Los lunes de Domingo’, ‘Los lunes domingueros’ y ‘Caricaturas y semblanzas de abulenses de hoy vestidos de domingo’. Compuso ‘Romances del Corona’, ‘Romances en Bici’, ‘Romancillos de fábula’, y ‘Versos y reveros’. Pescó estrellas en el cielo y luego formó grupo con entregadas amigas, haciendo también teatro de ello en un estanque haciendo girar todo entorno a su obra ‘El pescador de estrellas’.
Viñetista e ilustrador de la actualidad, incluso chistoso, paseó su pluma de colores por periódicos de papel: Diario de León, Diario de Ávila y El Eco Escolar, El Adelanto de Salamanca, La Crónica de León, El Adelanto Bañezano. Caricaturizó las gentes de León (1984) y retrató ‘Caras y sonrisas’ de casi Ávila entera: políticos, deportistas, escritores, periodistas, pintores, comerciantes, escultores, altos y bajos cargos públicos y privados (1994 y 2019).
Dibujó a plumilla los monumentos de Salamanca y de Ávila. Escribió teatro navideño para los niños, fábulas animadas (‘¡Esto es de fábula!’, 2004) y comedias sobre cuentos infantiles (‘El lobo en el sillón’, 2011). Qué afinado crítico colaborador tuvimos en el Certamen de Teatro Infantil de Mingorría. Se hizo pintor fuera “del Prado” y llenó de color salas y salones en Ávila y León pasando por La Bañeza. También se hizo historiador y se metió contra los franceses de Napoleón que asolaron su tierra de La Bañeza.
Como vate fue merecedor del III Premio Nacional de Poesía Infantil Charo González (2010), y no se olvidó del poeta del pueblo ‘Segismundo de Santibañez’ al que dedicó un entrañable libro. Además fue Premio Nacional de Poesía Tostón o Cochinillo de Arévalo (2003), y ahora, agradecido con la buena mesa condimenta versos y reversos “con sal y pimienta (a veces picante) y sin azúcares añadidos”.





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