Día Domingo, 01 de Marzo de 2026
República, Federación y Autonomía en Castilla (y VIII): Castilla silenciada: El autonomismo frustrado por la Guerra Civil

--- Por el Colectivo Cárabo
Como consecuencia del golpe militar de julio de 1936 y la posterior guerra civil, los proyectos de Estatuto para Castilla no pudieron ser aprobados finalmente, teniendo en cuenta que la discusión acerca del Estatuto castellano se produce a escasas fechas del “Alzamiento” (Guinaldo Martín, 2015).
La rápida ocupación de la Meseta Norte por los sublevados franquistas y la imposición de una exaltación nacionalista española eliminaron cualquier posibilidad de desarrollo del autonomismo castellano. El castellanismo y el republicanismo, que habían comenzado a consolidarse, fueron abruptamente interrumpidos por la sublevación militar y el triunfo del bando nacional, lo que supuso un corte radical en el progreso intelectual y en la construcción de una sociedad abierta, moderna y plural.
En sus mensajes propagandísticos el falangismo acogió algunos de los presupuestos básicos del regionalismo castellano, del leonesismo o del asturianismo covadonguista, apropiándose de determinadas bases ideológicas y revisando ciertos mitos para adaptarlos de forma interesada a una ideología de extensión nacional: la maternidad de la patria. En el intento de ensalzar figuras de esta tierra, la mitificación alcanzó a personalidades como Bañuelos, cuya figura “resulta de todo punto singular en cuanto conformándose como defensor de la identidad castellana, es aceptado como tal tanto en el momento republicano como durante la contienda por el grupo falangista. De hecho, como ya hemos señalado, prosiguió su labor divulgadora a medio camino entre el regionalismo y las justificaciones eugénicas” (Guinaldo Martín, 2015).
El otrora federalista y republicano palentino Carlos Alonso Sánchez publicó en El Norte de Castilla el 4 de agosto un desconcertante artículo titulado “La segunda guerra comunera. Salve Castilla”. Al autor se le aprecia una cierta sumisión al golpe de Estado, que finalmente no le salvó de sufrir en sus carnes la represión. En este contexto, criticó duramente al Frente Popular y contra Madrid, acusándola de haber abandonado su papel como capital nacional y como ciudad castellana, por su indiferencia ante los problemas regionales y su burocracia ineficaz (El Norte de Castilla, 4 de agosto de 1936).
En agosto del 36 se organizaron diversos grupos de guerrilleros en defensa de la República algunos de los cuales mantuvieron vivas las referencias comuneras y las señas de identidad castellana. Entre ellos destacó el denominado Batallón Comuneros de Castilla, surgido de las populares Milicias Castellanas Antifascistas. Impulsado por los directivos del Centro Abulense en Madrid, su objetivo era formar una columna que permitiera liberar las provincias de Ávila, Segovia, Valladolid y Salamanca e impedir el avance de los sublevados en la Sierra de Guadarrama. Según Torres y Cabello (2008), el batallón llegó a reunir más de 2.200 guerrilleros, en su mayoría naturales de las provincias de la Castilla Norte, bajo el mando sucesivo de Salvador Blázquez, A. Montequi, Julián del Castillo, Ángel Rillo Ruiz y Gregorio Morollón de Cos. Tras combatir en la zona septentrional del Sistema Central, con el avance de la guerra se les asignó la defensa de la Ciudad Universitaria de Madrid, donde resistieron los ataques del ejército sublevado casi hasta el final del conflicto.
En las mismas fechas en las que se constituyó el Batallón Comuneros de Castilla, un grupo de segovianos se incautó del Centro Segoviano de Madrid, punto de encuentro de muchos segovianos residentes en la capital, formando un comité que asumió la gestión de la entidad y para organizar las Milicias Antifascistas Segovianas que se implicaron en la defensa de Madrid. Entre sus fundadores estaba el maestro del folclore castellano Agapito Marazuela, que meses antes se había implicado en la organización de la Olimpiada antifascista a celebrar en Barcelona como alternativa a los hitlerianos Juegos Olímpicos de Berlín, un evento que contaba con el apoyo del gobierno republicano y que debió suspenderse por el estallido de la Guerra Civil. En dicho evento popular, Castilla iba a tomar parte no sólo con su selección de deportistas, sino también en la simultánea muestra cultural (Ibarrondo Merino, 2021; Ibarrondo-Merino, 2023).
En muchas zonas leales a la República vivieron un vacío de poder que permitió un impulso de la reorganización democrática “desde abajo” frente al colapso del Estado republicano y la amenaza del fascismo. En ese contexto la CNT y otras organizaciones obreras tomaron la iniciativa para reorganizar la vida económica y social en algunas zonas republicanas. Los propios protagonistas hablaban de “revolución social” como parte de su proyecto político. Para los militantes de la CNT, no se trataba solo de defender la República, sino de aprovechar la coyuntura para construir una sociedad sin clases, sin Estado y sin propiedad privada. Este clima de revolución social se vivió especialmente en Cataluña, Aragón y en Castilla la Nueva.
La estrategia de los anarquistas, en lo que Martín Nieto (2019) denomina “Castilla rebelde, Castilla revolucionaria”, pasaba por la socialización de los medios de producción, incluida la tierra, como requisito de la victoria sobre los militares insurrectos. A través de la movilización entre los jornaleros y propietarios de tierras, construir colectividades campesinas como comunas libertarias confederales. De esta forma, la CNT pasó de ser una organización esencialmente urbana, del área de influencia de Madrid, a tener una fuerte presencia en el medio rural de la Castilla del sur. Las condiciones sociales y políticas permitieron el éxito de los anarquistas entre los campesinos castellanos.
Con el avance del conflicto bélico y el aislamiento, otras zonas aún republicanas también experimentaron un vacío de poder que propició la emergencia de un federalismo sobrevenido entre sectores del republicanismo como respuesta a la amenaza que se cernía sobre la República. El diario El Cantábrico publicó el 4 de octubre una crónica titulada “Pueblos castellanos que huyen de sus provincias facciosas”, en la que se destaca cómo algunos pueblos castellanos, como Arija (Burgos) y Villanueva de Henares (Palencia), solicitaron su incorporación a la provincia de Santander en señal de rechazo a sus provincias de origen, dominadas por los sublevados. Este fenómeno se interpreta como una expresión de solidaridad democrática y una protesta contra la orientación reaccionaria de las provincias facciosas. La crónica subraya que estos movimientos no son aislados, sino que reflejan un sentimiento profundo de fraternidad hacia regiones que, como Santander, han resistido la sublevación gracias al impulso popular y democrático. Se plantea que la voluntad del pueblo, guiada por ideales y disciplina, es más poderosa que la fuerza militar de los insurrectos.
Aunque el federalismo había quedado eclipsado por el republicanismo unitario, la experiencia de la guerra está reactivando sus aspiraciones. El periódico El Diluvio de Barcelona afirma que el régimen centralista desaparecerá y que España se organizará como una federación de pueblos libres. También se recoge un discurso radiofónico de Ángel Ossorio y Gallardo, quien sostiene que el futuro pertenece a los trabajadores y que España se encamina hacia una República Federal, no como una desintegración, sino como una unión más íntima y sincera entre sus regiones. El artículo concluye que el federalismo ya no es solo una idea, sino una necesidad derivada de la realidad bélica (El Cantábrico, 4 de octubre de 1936).
En los primeros meses de la Guerra Civil, Cantabria vivía una situación de aislamiento político respecto al resto de Castilla. En este contexto, el diario El Cantábrico publicó el 10 de octubre una editorial titulada “La personalidad histórica de Cantabria”, en la que se planteaba la necesidad de dotar a la región de un Estatuto propio como expresión de una autonomía diferenciada. Esta propuesta surgía en un escenario de emergencia política, marcado por la resistencia popular frente a la sublevación militar. La lucha antifascista impulsaba nuevas formas de organización territorial, alejadas de los cauces institucionales tradicionales. El federalismo que ahora se proponía no se apoyaba en los referentes históricos del republicanismo cántabro —que históricamente había mostrado una clara orientación castellanista—, sino que emergía como una respuesta espontánea y defensiva ante la amenaza fascista y el aislamiento que impedía la unidad de acción republicana con otras provincias castellanas.
Resulta significativo que esta reivindicación se formulara al margen de los federalistas históricos cántabros, quienes, en ese momento, habían decidido aparcar sus aspiraciones federales —como el proyecto del Estatuto Cántabro-Castellano— para concentrarse en la defensa activa de la República. Este proyecto, concebido antes del estallido de la guerra, partía del cantón de Santander y de municipios colindantes de Palencia y Burgos. Se presentaba como una propuesta abierta al conjunto de las provincias de Ávila, Burgos, Logroño, Palencia, Segovia, Soria y Valladolid, en el que se aplicaban las históricas lógicas federales “de abajo a arriba”, es decir, la articulación territorial se construía desde la base municipal y comarcal, respetando la autonomía de cada unidad y promoviendo su libre federación, todo ello al margen del marco administrativo provincial del que históricamente rehuían los federalistas.
El federalismo sobrevenido durante el conflicto bélico, por tanto, no se articulaba desde una doctrina política consolidada, sino desde la urgencia de reorganizar el territorio en clave democrática y antifascista. Este episodio revela cómo, en el contexto de la guerra, la reivindicación de autonomía territorial podía surgir como expresión de resistencia popular, y cómo el federalismo dejaba de ser una propuesta ideológica para convertirse en una herramienta práctica de supervivencia democrática.
El texto de El Cantábrico se inspira en el vecino y reciente Estatuto Vasco, aprobado por las Cortes, y en la consolidación de un País Vasco autónomo, republicano y resistente, proponiendo por mimetismo la aparición del concepto “País Cántabro”. El editorial reivindica la personalidad histórica de Cantabria, su tradición de libertad e independencia, y su capacidad para autogobernarse sin intervención de elementos externos impuestos por el centralismo. En un momento de aislamiento geográfico y político, marcado por la amenaza fascista y la fragilidad institucional, el texto busca insuflar ánimos y proyectar una esperanza federalista en los republicanos montañeses. Se propone abandonar la idea de una autonomía compartida con Castilla —imposible en esos momentos al estar el resto de Castilla la Vieja tomada por los fascistas — y apostar por una autonomía individualizada, en consonancia con el espíritu federalista que, aunque eclipsado durante años, resurge ante el conflicto bélico. Se cita al periódico La Tarde de Bilbao, que defiende con entusiasmo la autonomía vasca y llama a su defensa activa.
El 21 de octubre, el mismo diario publicó el artículo “Las cosas que podrá hacer la Montaña autónoma”, en el que se detallan los beneficios concretos de la autonomía para Cantabria. Se destaca la posibilidad de adaptar las leyes agrarias, ganaderas y forestales a las necesidades locales, socializar la riqueza minera, y gestionar de forma autónoma la sanidad y la asistencia social. Se insiste en que la autonomía permitiría a la región actuar con rapidez y eficacia, sin depender de leyes generales que no se ajustan a su realidad. Ambos artículos reflejan un neo federalismo pragmático, nacido de la urgencia bélica y del aislamiento político, que busca en la autonomía una vía de resistencia y reconstrucción. La Montaña, como se denomina tradicionalmente a Cantabria, aparece como una región capaz de aspirar a un Estatuto que la convierta en sujeto político dentro de una República Federal Española (El Cantábrico, 10 y 21 de octubre de 1936).
En este contexto de aislamiento de Cantabria, El Cantábrico publicó el 24 de noviembre la crónica de la conferencia pronunciada por el doctor Wenceslao López Albo en la Casa de Salud Valdecilla, en la que se reclamó la creación de la “Universidad del País Cántabro”. Esta propuesta se plantea en clara competencia simbólica con el hospital de Basurto ubicado en un País Vasco aún autónomo y republicano. Meses antes había sido formulada por el propio López Albo como “Universidad de Castilla la Vieja”, ahora inscrita en la nueva línea federalista impulsada por el periódico El Cantábrico y por sectores de la minoritaria Unión Republicana.
Durante el acto de inauguración del curso 1936-37 de la Escuela Práctica de Medicina, el doctor Wenceslao López Albo defendió que, una vez superada la guerra y alcanzada la estructuración federativa de los pueblos ibéricos, La Montaña adquiriría su autonomía política y administrativa, y la Escuela de Medicina se integraría en una futura Universidad del País Cántabro. Esta visión se enmarca en un ideal peninsular que, según el doctor, surgirá con el triunfo de la democracia universal frente al fascismo internacional. El en esos momentos presidente de la Diputación Laureano Miranda Ureta respaldó la propuesta, señalando que la Universidad del País Cántabro, junto con la Biblioteca Menéndez Pelayo y la Universidad Internacional, conformaría el “triángulo de la cultura montañesa”.
Dos días después, el 26 de noviembre, El Cantábrico publicó el artículo “La federalización de la república. La desea la opinión y la desea la ciencia”, en el que se refuerza la idea de que las autonomías vigentes en Cataluña y el País Vasco son ensayos exitosos de federalismo. Se critica el centralismo burocrático madrileño como una de las causas de la decadencia nacional, y se cita a figuras como el ministro Irujo y el diputado Gómez Hidalgo, quienes defienden públicamente la necesidad de una República Federal. El artículo concluye que el deseo de autonomía para Cantabria se está “arraigando profundamente en la Montaña”, y que los montañeses aspiran no solo a un Estatuto, sino a formar parte de una España federal en la que el País Cántabro sea uno de sus Estados.
Sin embargo, esta aspiración, aunque fervientemente expresada en El Cantábrico y por alguna figura pública como el Dr. López Albo, parece responder más a un anhelo que a una realidad institucional concreta. Se trata de un deseo nacido de la desesperación provocada por el aislamiento, la amenaza fascista y la urgencia de reorganizar el territorio en clave democrática. La intervención de López Albo en Valdecilla se presenta como una expresión clara de este ideal federalista, que vincula la autonomía política con el desarrollo científico y educativo de la región, pero lo hace en un marco de expectativas más que en un contexto de avances efectivos (El Cantábrico, 24 y 26 de noviembre de 1936).
Diferenciándose de la sobrevenida campaña federalista de El Cantábrico en pleno conflicto bélico, La Voz de Cantabria adoptó una postura decididamente republicana y federalista pero no aislacionista, que se expresó con fuerza en sus publicaciones del 13 de diciembre de 1936. Ese día, el periódico difundió dos artículos que reflejan el deseo de recuperar Castilla la Vieja para la causa republicana y reivindicar su legado comunero frente al avance del fascismo. En la crónica titulada “Hacia la reconquista de Castilla la Vieja”, enviada desde el frente norte, se plantea la necesidad de liberar las tierras castellanas ocupadas por los sublevados. La idea de “reconquista” se presenta como una empresa moral y política, en la que Cantabria, desde su posición resistente, se erige como bastión de la libertad frente a la traición y el despotismo que, según el periódico, se han instalado en Castilla.
Ese mismo día, F. Lozano firma el artículo “Por los frentes”, en el que se establece un contraste simbólico entre la montaña cántabra y la llanura castellana. La nieve que cubre las cumbres de Cantabria se convierte en símbolo de pureza, mientras que abajo, en la llanura, se libra una guerra sucia, marcada por la metralla y la traición. Lozano evoca la Castilla de los Comuneros como tierra de libertad, pero denuncia que ahora alberga el despotismo fascista. La montaña representa la resistencia, la razón y la libertad; la llanura, la superstición, la disciplina humillante y la herencia feudal. El artículo concluye con una imagen épica: los milicianos cántabros, desde las alturas, observan Castilla como una promesa de redención. Se anuncia una futura ofensiva en la que los cántabros “bajarán” sobre Castilla para llevar la luz y desterrar las tinieblas de la Inquisición, aún presentes en pleno siglo XX. La evocación de los Comuneros sirve como puente entre el pasado rebelde y el presente antifascista, reforzando la idea de que la lucha republicana es también una lucha por la memoria histórica y por la dignidad de Castilla (La Voz de Cantabria, 13 de diciembre de 1936).
Durante la Guerra Civil el deporte adquirió un papel simbólico en las milicias obreras, que lo entendían como un elemento distintivo en un conflicto de clases. Aunque la guerra frenó la expansión deportiva previa, las organizaciones de izquierdas impulsaron batallones vinculados al deporte. En la Sierra de Guadarrama, a finales del verano de 1936, surgieron dos unidades de montaña formadas por esquiadores y alpinistas castellanos pertenecientes a distintos clubes de montaña como la Sociedad Peñalara o el Club Alpino: el Batallón Alpino Juvenil, de orientación socialista, y el Batallón Alpino del 5º Regimiento, de tendencia comunista.
Ambos se fusionaron en diciembre de 1936 bajo el nombre de Batallón Alpino del Guadarrama, que permaneció activo hasta el final de la contienda. Fueron líderes del batallón, entre otros, el esquiador Luis Balaguer, el conocido alpinista Teógenes Díaz o el campeón de España de esquí Manuel Pina. A pesar de las tensiones políticas internas, se caracterizó por su cohesión y por integrar deporte, cultura y análisis político, convirtiéndose en el modelo de los batallones deportivos heterogéneos de izquierda durante la Guerra Civil Española, tal y como analizan los historiadores deportivos (De la Viuda e Ibarrondo Merino, 2023).
El anarquismo catalán se sumó a la reivindicación de la Castilla comunera como símbolo de resistencia popular frente al poder centralista y al fascismo. Desde Cataluña, diversas voces libertarias defendieron el federalismo como única vía para sostener la República y reconstruir España sobre bases democráticas y descentralizadas. En un mitin, Serafín Aliaga, líder de las Juventudes Libertarias, evocó las Germanías y los Comuneros de Castilla como momentos históricos en los que los pueblos lucharon por su autonomía. Según Aliaga, la unificación española supuso el fin de las libertades populares, y solo recuperando la autonomía regional se evitarían errores fatales como los cometidos en Francia y Rusia (El Luchador, 22 de diciembre de 1936).
El 2 de enero de 1937, El Diluvio recogió las palabras del dirigente sindical Ángel Pestaña, quien afirmó en un discurso radiofónico que la victoria republicana se basaría en la tradición de lucha popular representada por las Germanías valencianas, los Comuneros de Castilla y las gestas del pueblo andaluz. Esta evocación histórica se convirtió en una herramienta de legitimación de la causa antifascista.
El 5 de enero, en una conferencia pronunciada en el Coliseum de Barcelona, Federica Montseny, ministra de Sanidad y figura destacada del anarquismo, defendió el federalismo como principio consustancial a la historia española. Montseny vinculó el movimiento comunero castellano y el de los segadores catalanes con una tradición de lucha contra el poder centralizador. Afirmó que el federalismo no era solo una propuesta política, sino una expresión profunda de la conciencia popular, y llegó a decir que, por su entusiasmo federalista, parecía más discípula de Pi i Margall que de Bakunin.
Estas intervenciones muestran cómo desde el anarquismo catalán se articuló una visión de España como una federación de pueblos libres, en la que Castilla, lejos de ser vista como bastión del conservadurismo, era reivindicada en su versión comunera, rebelde y democrática. El federalismo se presentaba no solo como una solución administrativa, sino como una estrategia de resistencia republicana frente al avance del fascismo y como una forma de recuperar la dignidad histórica de los pueblos ibéricos (El Luchador, 22 de diciembre de 1936; El Diluvio, 2 y 5 de enero de 1937).
El 31 de enero de 1937, el diario La Libertad, órgano republicano vinculado al Frente Popular, anunció el nacimiento de un nuevo periódico anarquista: Castilla Libre. Su primer número estaba previsto para el 2 de febrero en Madrid, como diario matutino editado por la Confederación Regional del Trabajo del Centro.
Presentado como “hermano espiritual” del periódico CNT, Castilla Libre se proponía ser un portavoz de los anhelos y luchas de la clase trabajadora de la región Centro, especialmente de las masas confederales de Castilla. El anuncio destacaba que la dirección del nuevo diario estaría a cargo del periodista Eduardo de Guzmán, figura muy respetada en los círculos obreros, lo que se consideraba una garantía de éxito.
Este lanzamiento se inscribe en el contexto de una creciente afirmación del federalismo y del legado comunero en la retórica anarquista y republicana, donde Castilla comienza a ser reivindicada no como bastión conservador, sino como tierra de resistencia popular y de lucha por la libertad (La Libertad, 31 de enero de 1937).
El 8 de febrero de 1937, en plena Guerra Civil, el Gobierno de la República aprobó la constitución del Consejo Interprovincial de Santander, Palencia y Burgos, con el objetivo de coordinar la defensa republicana en las zonas de estas provincias que permanecían bajo control gubernamental. Esta medida surgió como respuesta a la necesidad urgente de organización territorial en un contexto de aislamiento, especialmente para Cantabria, y no tanto como parte de un proyecto federalista estructurado.
El Consejo Interprovincial invitó a la incorporación de localidades de Burgos y Palencia que seguían en zona republicana, lo que reflejaba una lógica de resistencia cantonal más que una voluntad de reorganización institucional duradera. En este sentido, el Consejo representó un ejemplo claro de cantonalismo resistente republicano, nacido de la urgencia bélica más que de una planificación política a largo plazo, como ha puesto de manifiesto Guerra Sesma (2016) para el caso del Consejo Soberano de Asturias y León.
Las interpretaciones sobre el significado del Consejo fueron diversas. Algunos sectores lo consideran un antecedente legítimo del autonomismo cántabro, mientras que otros lo ven como una expresión efímera del espíritu federalista, “de abajo a arriba”, compartido entre Cantabria y el resto de Castilla. En este marco, resultan significativas las palabras de Juan Ruiz Olazarán, presidente del Consejo, quien expresó la intención de “extender su jurisdicción a la totalidad de las provincias de Palencia y Burgos” (Solla Gutiérrez, 2011), en nombre de la República legítima.
Este episodio ilustra cómo, en medio del conflicto, las ideas de autonomía y federalismo se entrelazaban con las urgencias militares, dando lugar a fórmulas híbridas que, aunque no siempre coherentes en lo institucional, reflejaban el deseo de reorganizar el poder desde lo local y lo popular.
“España se ha convertido en una República federal”. Así lo afirmó, de manera sorpresiva, el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, en una conferencia (El Cantábrico el 17 de febrero de 1937). La declaración causó impacto por su rotundidad, ya que hasta entonces el federalismo había sido una aspiración latente en ciertos sectores republicanos, pero no una realidad reconocida oficialmente. Martínez Barrio, de Unión Republicana, sostuvo que la sublevación militar había precipitado una transformación política que convertía a España, de facto, en una obligada República federal, y que, si este modelo se hubiera adoptado desde el inicio de la Segunda República, la rebelión no habría tenido lugar.
El artículo de El Cantábrico lamenta que, pese a este giro, el federalismo montañés no se haya preparado para reclamar una autonomía semejante a la del País Vasco. Aunque reconoce que la prioridad inmediata es la defensa de la República, insiste en que Cantabria debe aprovechar el momento para avanzar hacia su autonomía antes de que los trabajos parlamentarios post-bélicos releguen esta cuestión. Se plantea la necesidad de que el País Cántabro pueda crear su propia Constitución interior, su legislación electoral y su órgano legislativo regional, elegido por sufragio universal. También se propone que la autonomía permita el desarrollo de una universidad propia, vinculada a la Casa de Salud Valdecilla, centrada en enseñanzas útiles para las clases trabajadoras. Además, se reclama la gestión autónoma del orden público, con cuerpos de policía formados por montañeses, y se sugiere estudiar los límites territoriales del País Cántabro, ante la posibilidad de que municipios limítrofes deseen incorporarse por afinidad cultural.
El artículo concluye con una reflexión sobre la cuestión económica, señalando que la autonomía debe sustentarse en nuevas normas de explotación industrial, acordes con la voluntad popular. Si España se ha convertido en una República federal por las circunstancias bélicas, como dijo Martínez Barrio, el País Cántabro debe empezar a notarlo cuanto antes. Este posicionamiento refuerza la idea de un cantonalismo resistente, en el que la autonomía no se plantea como una ruptura, sino como una forma de reorganización democrática y popular frente al centralismo y al fascismo imperante (El Cantábrico, 17 de febrero de 1937).
En respuesta, el histórico federalista santanderino Antonio Orallo Sánchez envió una carta al diario, publicada el 19 de febrero, en la que expresa su satisfacción por las declaraciones de Diego Martínez Barrio, aunque también manifiesta su desacuerdo con los reproches hacia el federalismo histórico montañés vertidos desde El Cantábrico. Orallo celebró que una figura de prestigio como Martínez Barrio reconociera, aunque sea de forma velada, que el federalismo habría podido evitar la sublevación militar, y que España, por efecto de la guerra, se ha transformado en una República federal. Sin embargo, considera injusta la insinuación de que los federalistas cántabros no se hayan preparado para lograr una autonomía similar a la del País Vasco.
En su carta, Antonio Orallo detalla los esfuerzos realizados desde 1934 para impulsar un proyecto de Estatuto Cántabro-Castellano abierto al conjunto de Castilla la Vieja y no limitado exclusivamente a Cantabria, aunque su origen partía del cantón de Santander y municipios limítrofes. Este proyecto incluyó reuniones, estudios previos y gestiones ante la Diputación provincial presidida por Juan Ruiz Olazarán y trasladado al resto de provincias castellanas, negociaciones que culminaron con la creación de una comisión en julio de 1936, justo antes del estallido del conflicto.
Antonio Orallo, en representación de los históricos federalistas cántabros, explica que el levantamiento militar interrumpió estos trabajos, y que el Partido Izquierda Federal decidió entonces acallar sus aspiraciones descentralizadoras para no obstaculizar la unidad republicana y la resistencia. No obstante, asegura que, una vez ganada la guerra, retomarán con entusiasmo la defensa del federalismo y la autonomía regional. La carta representa una defensa firme del federalismo histórico cántabro-castellano frente al sobrevenido federalismo que El Cantábrico había comenzado a promover durante el contexto bélico. Reivindica la coherencia y el trabajo sostenido históricamente por los federalistas cántabros (El Cantábrico, 19 de febrero de 1937) frente al neo federalismo inoportuno del rotativo cántabro y de la Unión Republicana. Reivindica la coherencia y el trabajo sostenido históricamente por los federalistas cántabros (El Cantábrico, 19 de febrero de 1937) frente al neo federalismo inoportuno del rotativo cántabro y de la Unión Republicana.
En su edición del 21 de febrero de 1937, El Cantábrico respondió a la carta enviada por Antonio Orallo, en la que el histórico federalista santanderino defendía la trayectoria del federalismo montañés y reivindicaba el proyecto de Estatuto Cántabro-Castellano, abierto al resto de provincias de Castilla la Vieja. La redacción del periódico reconoce y valora esa labor, pero insiste en que el federalismo no amenaza la unidad de España, sino que la fortalece al ampliar la libertad y la capacidad de acción de las regiones. En lugar de esperar a que se restablezca la normalidad, propone iniciar una “labor de gabinete” para redactar el proyecto definitivo del Estatuto Cántabro, de modo que esté listo para ser presentado a las Cortes en cuanto sea oportuno. Esta redacción anticipada permitiría evitar largas discusiones parlamentarias y facilitaría la aprobación del texto.
La actitud del periódico es claramente mimética respecto al País Vasco, cuyo Estatuto se presenta como modelo técnico y político. Se sugiere que, al igual que en Vasconia, en Cantabria también existe una cooperación activa y entusiasta que puede contribuir a la elaboración de un texto sólido. En este marco, El Cantábrico propone incluso una fórmula inicial para el Estatuto, en la que se establece que la provincia de Santander se constituiría como región autónoma bajo la denominación de País Cántabro. Esta denominación refuerza la idea de una identidad regional diferenciada, nominalmente mimética con el vecino País Vasco, en esos momentos aun resistente al fascismo y autónomo. El artículo concluye con un llamado a redactar el Estatuto con paciencia y precisión, para que, al entrar en vigor, se ajuste perfectamente a las necesidades de la región. Esta respuesta reafirma el enfoque de El Cantábrico hacia un federalismo práctico, adaptado a las circunstancias de guerra, en el que la autonomía se presenta como una herramienta de reorganización administrativa y afirmación regional, sin romper con la unidad republicana (El Cantábrico, 21 de febrero de 1937).
El 11 de marzo de 1937 El Diluvio publicó el artículo “Es mi honor y mi orgullo haber nacido hablando catalán en Asturias” del abogado, periodista y político republicano Jesús Pinilla i Fornells en el que criticó la tergiversación españolista respecto de la historia comunera castellana. Pinilla i Fornells, asturiano de nacimiento, de padre aragonés y madre catalana, afirmó: “Mi padre confirmó la tesis ´heterodoxa´ añadiendo: ´Toda esa historia de España que os enseñan, no es verdad. Ya te enterarás años a venir. Ni los Austrias, ni los Borbones, ni la Reconquista, ni las páginas más salientes de los libros de texto, son lo que quieren hacernos creer. A buen seguro que la rebelión de los Comuneros no se trata como se merece´. Y mi padre habló de historia en términos que más tarde vi confirmados en obras de Macías Picavea, Julio Senador y Francisco Giner de los Ríos” (El Diluvio, 11 de marzo de 1937).
El 25 de abril de 1937 con motivo del aniversario de la ejecución de los Comuneros de Castilla -Padilla, Bravo y Maldonado- en Villalar, el presidente de Cataluña Lluis Companys envío telegramas de conmemoración y fraternidad en recuerdo a los primeros luchadores por la libertad de Castilla. Su misiva iba dirigida al general republicano Minja en Madrid, al presidente del consejo de ministros en Valencia y al lehendakari Aguirre en Bilbao, con la esperanza puesta en la victoria republicana (El Diluvio, 25 de abril de 1937).
En junio de 1937, en plena Guerra Civil, el poeta cántabro Jesús Cancio, “el poeta del mar”, publicó en El Cantábrico su poema “El Romance de los Zapadores”, en nombre de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios. En este texto, Cancio eleva la figura del miliciano republicano a símbolo de sacrificio y esperanza, cavando trincheras en la “madre tierra de Castilla” con la convicción de que su sangre hará germinar una nueva vida. El poema se inscribe en el llamado Romancero de la Guerra Civil y conecta con fuerza con la memoria histórica de Castilla como tierra comunera y rebelde, traicionada por el presente pero aún digna de ser liberada.
Frente al tono aislacionista que El Cantábrico venía adoptando en sus llamamientos al autonomismo cántabro y la redacción de un Estatuto propio, la poesía de Jesús Cancio ofrece una visión distinta: una Cantabria que no se repliega sobre sí misma, sino que se proyecta hacia la Castilla comunera y republicana, con la que comparte historia, lucha y destino. El miliciano cántabro no cava trincheras para defender una frontera regional, sino para liberar una tierra común. Así, el poema de Cancio no solo es un canto a la resistencia, sino también una afirmación de unidad entre Cantabria y Castilla, en clave comunera y revolucionaria. En lugar de levantar muros identitarios, Cancio tiende puentes poéticos y políticos entre la Montaña y la Meseta, reivindicando una fraternidad histórica que trasciende el marco del cantonalismo resistente y se inscribe en una visión más amplia de la lucha republicana (El Cantábrico, 5 de junio de 1937).
En plena Guerra Civil Española, el semanario nacionalista de izquierda Abril publicó el 17 de abril de 1938 un artículo que defendía la visión plurinacional del Estado español. En él se citaba al intelectual Rovira i Virgili, quien afirmaba que “Espanya és un Estat, és una pluralitat de nacions”. A partir de esta idea, el texto sostenía que Catalunya es una nación, al igual que “Bascònia, Galicia y Castella”, subrayando la diversidad nacional dentro del Estado español.
Con la dictadura instaurada, desde las páginas de Solidaridad Obrera en el exilio, B. Milla reflexiona sobre la imagen de Castilla construida por escritores como Azorín y Antonio Machado, ambos ajenos a esa tierra. Señala que, aunque ambos captaron con maestría el paisaje castellano —Azorín en su prosa y Machado en sus versos—, su visión quedó anclada en una interpretación estática y nostálgica. Milla critica esta perspectiva por no captar el dinamismo social y político que agitaba España antes de 1936, cuando nuevas ideas y urgencias transformaban la voluntad colectiva. Según él, aferrarse a una Castilla petrificada era ignorar el impulso renovador del momento histórico (Solidaridad Obrera, 4 de marzo de 1949).
La vida cotidiana en Castilla quedó profundamente marcada por la nueva concepción política y social impuesta tras la Guerra Civil. El régimen franquista instauró una cultura de represión que anuló las costumbres liberales y sometió a la población a una estricta disciplina religiosa. Como señala Juan Andrés Blanco Rodríguez (1995), las nuevas autoridades —civiles, militares y religiosas— intervinieron tanto en la esfera pública como en la privada, regulando comportamientos, lenguaje, modas y costumbres populares mediante medidas de orden público y una severa moral cristiana. Un ejemplo paradigmático de esta represión cultural fue la supresión del carnaval, a pesar de su arraigada tradición en la región.
Las consecuencias fueron especialmente devastadoras para las figuras vinculadas al autonomismo, al federalismo y al republicanismo castellano. La represión truncó sus trayectorias personales y familiares, y con ello, el desarrollo de una identidad castellana plural y democrática. Esta parte esencial de la historia política y cultural de Castilla fue condenada al olvido.
Muchos de estos protagonistas sufrieron el ostracismo intelectual, como Julio Senador Gómez, Luis de Hoyos Sáinz, Gregorio Fernández Díez, Celso Arévalo, o fueron objeto de depuración profesional, como Narciso Alonso Cortés, José Tudela o el geógrafo Pedro Chico Rello.
Otros se vieron obligados al exilio, entre ellos Luis Carretero Nieva y su hijo Anselmo Carretero, Estanislao de Luis Hernáez, Consuelo Berges, Wenceslao López Albo, Jacinto Toryho, Deogracias Mariano Lastra, Antonio Orallo, Ramón Ruiz Rebollo, Miguel Giménez Igualada o el diputado soriano Benito Artigas Arpón.
Numerosos intelectuales y activistas fueron encarcelados, como el doctor Enrique Diego-Madrazo, Eleofredo García, Filiberto Villalobos, Francisco Ruipérez, Manuel de la Parra, Ceferino Rodríguez Avecilla, Manuel Feijoo y Torres, Florentino Hernández Girbal, Mariano Quintanilla, José Luis García Obregón, Carlos Alonso, Manuel Ruiz de Villa, Jesús Cancio (“El Poeta del Mar”), Agapito Marazuela (“padre del folklore castellano”) o Tomás Medrano Lázaro, castellanista serrano encarcelado por negarse a dar “vivas a España”.
Más trágico aún, otros muchos fueron directamente asesinados, como el compositor burgalés Antonio José Martínez Palacios —miembro del Centro de Estudios Castellanos y autor del Himno a Castilla—, Eduardo Barriobero, Pedro Simón Llorente, Matías Peñalba, Valentín Ferrero, José Antonio González-Santelices o los hermanos Domingo, Antonio y Jesús Adrián Vega (dulzaineros de Baltanás considerados entre los mejores de Castilla).
Un caso particular fue el del diputado Ricardo Cortes Villasana, destacada figura del castellanismo democristiano, social y agrarista, un posibilista republicano alineado con las tesis del sector moderado del Episcopado, que figura en el listado de mártires de la Asociación Católica de Propagandistas.
Por miedo o por convicción, algunos optaron por adaptarse a la nueva situación con un viraje político que relegaba sus hasta ese momento posiciones de reivindicación autonomista. Es el caso de Óscar Pérez Solís, Julián de Torresano o Misael Bañuelos. Tras un largo periodo en la cárcel, Pérez Solís pasó de ser militante socialista, regionalista castellano y ex secretario general del PCE, a adoptar posturas cercanas a Falange (como el cantabrista García Venero). Por su parte, Misael Bañuelos, de tendencia inicialmente progresista y defensor de la identidad y el autonomismo castellano, derivó en una defensa de un castellanismo identitario y racial.
[NOTA: Misael Bañuelos -Tablada del Rudrón, Burgos, 1887-Valladolid, 1954-, Doctor en biología dedicado a la docencia universitaria en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid. Fue catedrático de Patología Médica, vicerrector y rector de la misma entre 1929-1931 y decano hasta 1934. La llegada de la República y los cambios sociales que conllevó hizo que su interés personal virase hacia la política castellana con un importante papel como impulsor de la autonomía de Castilla como vía de regeneración. En junio de 1931 presentó con Narciso Alonso Cortés una propuesta de autonomía y en esas fechas la Conjunción Republicano-Socialista barajó su presencia como independiente para ocupar la representación de los socialistas en dichas candidaturas conjuntas. En 1936 redactó las denominadas ´Bases´, influyente propuesta de estatuto de autonomía para Castilla y León frustrada a raíz del golpe de estado franquista. En el periodo 1936-1941 su mirada, pretendidamente científica y neutral, se dirigió desde posiciones social-darwinistas y biologicistas al análisis de los problemas sociales, políticos y económicos. Con el inicio de la guerra civil, consideraba que Castilla, tras varios siglos de decadencia biológica, necesitaba “una cura higiénica, de tipo racial” para recuperar los “genes castellanos”, una decadencia biológica que según Bañuelos se había truncado en 1521 con la derrota de los Comuneros en Villalar. Bañuelos criticó abiertamente la monarquía de los Austrias. Para él los reinados de Carlos I y Felipe II eran “errores biológicos”. A la falta de visión nacional de los Austrias consideró el mestizaje racial como la causa biológica concreta de la decadencia. Con virulencia criticó también a los defensores del mestizaje y la Hispanidad. A partir de 1945 fue consejero de honor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CAMPOS (2021)].
Desde el exilio en México, el castellanista segoviano Anselmo Carretero Jiménez comenzó en 1947 su trayectoria historicista sobre Castilla y la España plural. Para Carretero no fue Castilla sino León el primer foco de la idea unitaria. En 1948 editó su libro Las nacionalidades españolas, a la vez que aumentó su influencia en los círculos del socialismo español y en concreto en el PSOE. En líneas generales, Carretero planteaba que la superación de la Segunda República debe traer consigo también un nuevo modelo de Estado federalista.
En otros libros posteriores Anselmo Carretero se propuso separar a Castilla del tópico imperial-centralista del franco-falangismo. Como afirma Andrea Geniola (2021), para Carretero “La nación castellana y sus fuentes vasco-cántabras no solamente proporcionarían el más alto y autóctono ejemplo de organización democrático-federal, sino darían luz a una lengua franca que se afirmaría como idioma de todos los españoles. Ante la monarquía de León, aristocrática, feudal y unitarista, se levantaría el condado vasco-cántabro de Castilla, popular, comunero y foral, en un acto de independencia de la nación castellana”.
Con motivo de la efeméride comunera de Villalar, el histórico miembro de la CNT Miguel Giménez Igualada escribió desde el exilio el artículo “Volveremos” publicado en Solidaridad Obrera. En él lanzó un mensaje de optimismo y fervor dirigido a los castellanos dispersos por el mundo tras la guerra. El texto, profundamente emotivo, traza un relato de amor sincero a Castilla —incluyendo La Mancha— y a sus gentes, especialmente los campesinos, exaltando su dignidad, fortaleza y nobleza. Giménez Igualada recuerda los días de lucha compartida y expresa su esperanza en un futuro de libertad, concordia y justicia. Con tono fraternal y lírico, proclama el deseo de regresar para continuar sembrando ideales humanistas, manteniendo viva la memoria y el compromiso con la tierra castellana (Solidaridad Obrera, 23 de abril de 1949).
[NOTA: Miguel Giménez Igualada (Iniesta, Cuenca, 1888–México, 1973) fue un filósofo anarquista, escritor, pacifista radical y apasionado castellanista].
La visión castellanista y federalista de Luis Carretero Nieva y de su hijo Anselmo Carretero Jiménez encontró eco en la prensa anarquista como Solidaridad Obrera, España Libre y CNT.
Fueron varias las voces autorizadas que desde el anarcosindicalismo defendieron la necesidad de buscar una salida federal a lo largo de los años que duró la dictadura (De Hoyos Puente, 2016). El 30 de enero de 1955, el periódico CNT, portavoz de la Confederación Nacional del Trabajo en el exilio desde Toulouse, publicó el artículo “98, 99 y 100” de Pedro Reguera, corresponsal en Uruguay. En él se critica la imagen de Castilla construida por la generación del 98, señalando que su exaltación del paisaje castellano y su convergencia hacia el centro peninsular respondían más a una actitud contemplativa y nostálgica que a una voluntad transformadora. Reguera considera que esta generación, marcada por el derrumbe del imperio español y una frustración existencial, se limitó a describir una realidad decadente sin ofrecer alternativas de cambio, lo que acabó desacreditándola en conjunto, pese a los esfuerzos de algunas figuras constructivas.
El artículo alude a otro texto escrito desde el exilio por Felipe Alaiz, figura intelectual del anarquismo y autor de la colección de folletos Hacia una Federación de Autonomías Ibéricas. En “Ancha es Castilla”, publicado en Solidaridad Obrera el 25 de junio de 1949, Alaiz desmonta los tópicos literarios reduccionistas sobre Castilla, reivindicando una visión más amplia y dinámica de la región (CNT, 30 de enero de 1955; Solidaridad Obrera, 25 de junio de 1949).
El 3 de julio de 1955, el periódico España Libre, órgano de la Confederación Nacional del Trabajo de España (CNT-AIT) editado en Toulouse, publicó el artículo “El ideal de la Confederación Ibérica” de Eduardo Ortega y Gasset, escritor madrileño y político republicano vinculado al Partido de Extrema Izquierda Federal, formación en la que militaban numerosos anarcosindicalistas. En el texto, Ortega y Gasset reivindicó el pensamiento federalista de Pi i Margall, especialmente su obra Las Nacionalidades, como fundamento para una estructura política confederal en la península ibérica. Según el autor, el principio de que “cada orden del interés político presupone y reclama la existencia de un poder autónomo que lo dirija y gobierne” debería haber guiado desde hace tiempo el rumbo histórico y geográfico de los pueblos ibéricos. Ortega y Gasset denunció que el concepto de autonomía ha sido distorsionado por la dictadura franquista y por ciertos republicanos que, en cuestiones fundamentales, coinciden con el centralismo autoritario. Propone que la futura República no sea simplemente federable o confederable, sino plenamente confederal, en la que las libertades no se otorguen desde un centro esclavizado, como Castilla, sino que emanen de cada pueblo. Reivindica las libertades propias de cada comunidad —castellanos, catalanes, aragoneses, gallegos, vascos, valencianos—, inspiradas en sus tradiciones y en las formas de autogobierno que históricamente se dieron a sí mismos. Cita al escritor Luis Carretero Nieva para reforzar la idea de que España es una unidad compleja, nunca plenamente realizada, y que los intentos de organización conjunta han fracasado por imponer estructuras artificiales ajenas a la evolución natural de los pueblos (España Libre, 3 de julio de 1955).
En plena dictadura, el 5 de abril de 1956, Solidaridad Obrera anunció la reaparición de Castilla Libre, órgano de la Confederación Regional del Trabajo del Centro, vinculado a la CNT. Editado desde la clandestinidad en Madrid en febrero de ese año, su publicación fue acordada por el Pleno Nacional de Regionales como muestra de la persistencia de la actividad confederal en el interior de España, a pesar de la represión franquista y la caída de varias imprentas clandestinas. En su primer número Castilla Libre se presenta como una voz libertaria y confederal, que se alza desde la meseta castellana para denunciar la dictadura y reivindicar la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad de todos los pueblos.
El texto rechaza cualquier vinculación con el comunismo soviético y se reafirma en el anarquismo y el sindicalismo revolucionario, posicionándose como enemigo irreductible de todas las dictaduras. Denuncia el régimen franquista como corrupto, incapaz y destructor del patrimonio físico, moral y cultural del país, y exige “libertad y pan” para todos los españoles. El número concluye con la consigna: “¡Viva Castilla libre, hermanada a los demás pueblos libres de España!” (Solidaridad Obrera, 5 de abril de 1956).
BIBLIOGRAFÍA
BLANCO RODRÍGUEZ, J. A. (1995). Los estudios sobre la Guerra Civil en Castilla y León. Studia Zamorensia, nº 2, pp. 125-141.
CAMPOS, R. (2021). Racism, Hispanidad and social hierarchy in medical-psychiatric thought during early Francoism. The work by Misael Bañuelos (1936-1941). Culture & History Digital Journal 10 (1).
DE HOYOS PUENTE, J. (2016). Los federalismos de las culturas políticas españolas exiliadas. En Suárez Cortina, M. (ed.). Federalismos. Europa del Sur y América Latina en perspectiva histórica. Ed. Comares.
DE LA VIUDA SERRANO, A. y IBARRONDO MERINO, I. (2023). Skiers in the Service of the Second Republic: The Alpine Battalion during the Spanish Civil War. The International Journal of the History of the Sport, v. 40, n. 2-3, pp. 204-224.
GENIOLA, A. (2021). La patria interferida. Nacionalismos y regionalismos en la España franquista. Tesis Doctoral. Departament d´Història Moderna i Contemporània. Facultat de Filosofía i Lletres. Universitat Autònoma de Barcelona.
GUERRA SESMA, D. (2016). Un caso de cantonalismo socialista: El Consejo Soberano de Asturias y León. Studia Historica. Historia Contemporánea, 34, pp. 269-300. Ed. Universidad de Salamanca.
GUINALDO MARTÍN, M.V. (2015). Identidad y territorio de Castilla y León en la opinión pública liberal de Valladolid, 1858-1939. Génesis y configuración del regionalismo castellano. Departamento de Historia Moderna, Contemporánea y América, Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Valladolid.
IBARRONDO-MERINO, I. (2021). El apoyo a la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en Castilla. Tesis doctoral. Departamento de Ciencias Sociales de la Actividad Física, del Deporte y del Ocio. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte–INEF. Universidad Politécnica de Madrid.
IBARRONDO-MERINO, I. (2023). Memorias del deporte obrero castellano. Castilla ante la Olimpiada popular antifascista de Barcelona de 1936 (Cantabria, Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja y Madrid). Ed. Universidad de Salamanca.
MARTÍN NIETO, I. (2019). Castilla libre. Anarquistas y campesinos en Castilla la Nueva durante la guerra Civil española (1936-1939). Tesis doctoral. Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea. Facultad de Geografía e Historia. Universidad de Salamanca.
SOLLA GUTIÉRREZ, M.A. (2011). Una efímera autonomía (El consejo interprovincial de Santander, Palencia y Burgos). Centro de Estudios Montañeses, 2011.
TORRES, M. y CABELLO, M. (2008). Otro testimonio de la guerra Civil en la Biblioteca Complutense: El Batallón Comuneros de Castilla. Pecia Complutense, Año 5. Núm 9, pp. 101-106.





Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.130