Del Viernes, 27 de Febrero de 2026 al Sábado, 28 de Febrero de 2026
En un mapa de España, la provincia de Ávila parece un rincón tranquilo entre montañas y mesetas. Cuanto más te acercas a los pequeños pueblos, más se notan las casas vacías, las escuelas cerradas y los jardines descuidados. Muchos se han mudado a las ciudades para trabajar y estudiar, y los autobuses pasan cada vez con menos frecuencia. Pero estos lugares albergan a personas que han decidido quedarse y no dejar que sus pueblos desaparezcan.
Un pueblo donde las voces de los niños vuelven a oírse
Hace unos años, solo quedaban unos veinte residentes en uno de los pueblos al sur de Ávila. La escuela estaba cerrada, la pequeña tienda abría tres días a la semana y solo los vecinos mayores se reunían en la plaza por las noches. Todo cambió cuando una joven pareja con dos hijos se mudó y abrió una pequeña casa para recibir turistas, gracias en parte al patrocinio de plataformas de entretenimiento en línea como jackmillion, que ayudan a pequeñas iniciativas a recaudar fondos y atraer visitantes.
Elena, la dueña de la casa, recuerda: «Los amigos negaban con la cabeza: ¿para qué necesitan este pueblo? Allí no hay nada. Pero fue precisamente esa 'nada' la que se convirtió en nuestro recurso. Aquí tenemos aire limpio, senderos preciosos y vecinos que conocen cada rincón. Ahora, en verano, siempre hay alguien que se aloja en las habitaciones, y los niños corren por las calles con los hijos de los turistas». Poco a poco, el pueblo volvió a escuchar las voces de los niños, volvió la ruta del autobús y apareció un pequeño bar donde se reúnen lugareños y visitantes los fines de semana.
Agricultores que se centran en la calidad
En otro pueblo, casi abandonado, vive el agricultor Manuel. Sus vecinos vendieron sus tierras, pero él decidió quedarse y reorientar su granja hacia la producción a pequeña escala pero de alta calidad. En lugar de cultivar solo grano, crió ovejas, comenzó a elaborar queso con la receta de su abuela y lo vendió en ferias de los pueblos de la región. Los primeros años fueron difíciles: tuvo que cuidar personalmente el rebaño, elaborar el queso, viajar a los mercados y diseñar el empaque.
"Me di cuenta de que era imposible competir con las grandes granjas en cantidad", dice Manuel. "Pero puedo decirle a la gente dónde pastan mis ovejas, mostrarles el arroyo del que beben y ofrecerles queso madurado en mi sótano. Cuando un cliente ve esta historia, vuelve". Con el tiempo, su sobrina se unió a él, promocionando los productos en ferias y festivales. Gracias a esto, se reabrió un pequeño punto de entrega en el pueblo, y la casa de Manuel se convirtió en un destino popular para las excursiones escolares.
Pequeños talleres y nuevas artesanías
La agricultura no es lo único que mantiene a la gente en pueblos olvidados. Talleres de madera, cerámica y textiles están surgiendo en los alrededores de Ávila, donde jóvenes artesanos acuden especialmente en busca de paz y tranquilidad. En un pueblo de apenas una docena de casas, vive Karla, quien fabrica cerámica y vajillas para restaurantes. Cuando llegó, muchas de las casas ya estaban vacías, pero un viejo horno en un antiguo almacén la inspiró a quedarse.
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Negoció un contrato de arrendamiento a largo plazo para el edificio con la administración.
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Los vecinos ayudaron a restaurar el techo y a instalar el agua.
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Karla comenzó a realizar talleres abiertos para turistas y grupos escolares.
"Pensé que trabajaría sola y rara vez vería a nadie", dice Carla. "Pero cada fin de semana viene gente de Ávila y Madrid. No solo quieren comprar una taza, sino ver cómo se prepara. Se ha convertido en un evento también para los locales: algunos preparan pasteles para los invitados, otros ayudan con la traducción para los extranjeros". El taller se ha convertido en un punto de encuentro, alrededor del cual han surgido otras iniciativas.
Proyectos vecinales y apoyo mutuo
Quienes permanecen en los pueblos rara vez se las arreglan solos. En varios pueblos, los residentes han creado sus propias pequeñas asociaciones: juntos reparan fuentes antiguas, mantienen senderos abandonados y organizan festivales. Uno de estos proyectos es la restauración de un antiguo camino hacia la ermita en la colina. El camino se ha despejado, se han instalado bancos y los fines de semana se organizan paseos para los visitantes de la ciudad.
Pedro, un antiguo profesor que se mudó de Ávila al pueblo de sus padres, comenta: «Cuando volví aquí, muchos vecinos se habían encerrado en sus casas. Cada uno vivía con sus propios problemas. Empezamos con algo sencillo: nos reunimos en la plaza y decidimos que queríamos devolver al menos un poco de alegría al pueblo. Primero, organizamos una noche de cuentos locales, luego una fiesta de la cosecha. Ahora, si alguien necesita ayuda en casa o en el campo, la gente se ofrece. El pueblo se ha vuelto más animado, aunque todavía somos pocos».
Razones Personales para Quedarse
Cada persona que se quedó tiene su propia historia. Para algunos, es el recuerdo de sus padres y el hogar donde pasaron su infancia. Para otros, es la oportunidad de trabajar a su propio ritmo y ver las estrellas por la noche. Muchos admiten experimentar soledad, dificultades con el transporte y el acceso a los servicios. Pero también describen una sensación especial de libertad y participación en la vida de un lugar que desaparecería si todos se fueran.
María, enfermera que trabaja por turnos en la ciudad y vive en el campo, dice: «A veces siento que llevo una doble vida. Durante el día, está el hospital, el ruido, el tráfico, y por la noche, regreso a una casa donde solo se oye el sonido de los cencerros. Claro, sería más fácil alquilar un apartamento en la ciudad, pero entonces perdería ese arraigo. Es importante para mí saber que alguien en el pueblo enciende las luces de las ventanas, y no viene solo el fin de semana».
El futuro de los pueblos olvidados
Las historias de quienes permanecieron en los pequeños pueblos de Ávila no hacen más optimistas las estadísticas de migración, pero sí dan una oportunidad a estos lugares del mapa. Gracias a quienes se dedican a la artesanía, la agricultura, las casas de huéspedes y las iniciativas culturales, una nueva energía está emergiendo en los pueblos. A diferencia del rápido crecimiento de las grandes ciudades, es precisamente esta energía la que evita que las casas, plazas y campos antiguos queden completamente abandonados.
Mientras haya gente en la provincia dispuesta a invertir en estos lugares, incluso los pueblos más tranquilos seguirán vibrantes. Quizás sus esfuerzos algún día atraigan nuevas familias aquí, y los nombres olvidados resonarán no solo en los recuerdos, sino también en la vida cotidiana.




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