Del Sábado, 31 de Enero de 2026 al Martes, 03 de Febrero de 2026
La cocina de invierno en Castilla y León vuelve a colocar en el centro los platos de cuchara, como los cocidos, potajes, sopas y guisos, en una Comunidad que lidera la producción española de legumbres y concentra una parte relevante de las figuras de calidad.
Con el frío como catalizador estacional, la demanda doméstica y hostelera se apoya en un tejido agrario que, solo en 2024, dedicó 47.700 hectáreas a judías secas, lentejas y garbanzos, con una producción superior a 50.000 toneladas.
La conversación sobre los platos de cuchara en invierno suele empezar en la mesa -la sopa caliente, el guiso de legumbres, el cocido de fiesta-, pero en Castilla y León tiene también un punto de partida en el campo. La Comunidad es principal productora nacional de legumbres, con cuotas que la Junta sitúa en el 50% de la producción de judías secas, el 40% de lentejas y el 25% de garbanzos, una posición que explica por qué la cocina de cuchara mantiene aquí un peso estructural, no solo simbólico.
Ese liderazgo se traduce en abastecimiento, disponibilidad de producto local y continuidad de un recetario que, cada invierno, reaparece en hogares y cartas de restaurantes: cocidos de garbanzo, alubias guisadas, lentejas estofadas, sopas de ajo y caldos que, por economía de medios y densidad energética, han funcionado históricamente como cocina cotidiana y, en contextos festivos, como plato mayor.
Legumbres con sello
La dimensión de calidad diferenciada es una de las claves del momento actual. La propia Administración autonómica destaca que Castilla y León acoge seis de las once IGP y DOP de legumbres existentes en España -judías de El Barco de Ávila, alubia de La Bañeza, lenteja de La Armuña, lenteja de Tierra de Campos, garbanzo de Fuentesaúco y judión de La Granja-, además de marcas de garantía vinculadas al garbanzo en distintas zonas productoras. En paralelo, la Junta cuantifica la producción anual de legumbres de calidad en más de 1.300 toneladas a través de figuras reconocidas.
El invierno no solo ordena el recetario; también marca el calendario social. La última Feria Agroalimentaria de La Bañeza volvió a convertir el guiso de alubias en acto público: se repartieron 4.500 raciones en la tradicional alubiada, cocinadas a fuego lento por un equipo de 15 personas, dentro de un programa que buscó visibilizar el producto local.
Ese tipo de eventos funciona como escaparate, pero también como termómetro: confirma que el plato de cuchara sigue siendo una referencia cultural compartida y un formato gastronómico que atraviesa generaciones, del menú diario a la celebración colectiva.
En la provincia de León, el cocido maragato mantiene una singularidad que lo ha hecho reconocible fuera del territorio: se sirve “al revés”, comenzando por las carnes y terminando por la sopa. Esa secuencia -carnes, garbanzos con verdura y, al final, caldo- lo ha convertido en un caso aparte dentro de la familia de cocidos españoles.
Sopa castellana o sopa de ajo
La sopa de ajo (o sopa castellana) es, probablemente, el plato de cuchara más transversal: pan, ajo, pimentón, caldo y huevo, con variantes según disponibilidad de embutidos o jamón. Su vigencia actual, dentro y fuera de Castilla y León, se explica por su sencillez técnica y su eficacia climática: calienta rápido y alimenta con poco.
Patatas revolconas
Aunque a menudo se piensa en la cuchara como sinónimo de legumbre, el invierno regional también se apoya en preparaciones de patata. Las patatas revolconas (o meneás), asociadas a Ávila y Salamanca, se construyen sobre patata cocida “revolcada” con ajo, aceite y pimentón, a menudo coronada con torrezno o derivado de la matanza. El propio nombre remite a la técnica de mezclar y aplastar hasta lograr textura cremosa.
En términos económicos, la cuchara conecta tres planos: producción agraria, industria de envasado y transformación y consumo hostelero. La Junta vincula la proyección exterior del sector agroalimentario con cifras de exportación y con la capacidad industrial de empresas de legumbre ubicadas en la comunidad, un indicador de que el guiso de invierno no es solo patrimonio doméstico: también es cadena de valor.
A esa lógica se suma la política pública orientada a la calidad diferenciada y la promoción del producto: la administración autonómica ha señalado partidas plurianuales para apoyar denominaciones de calidad y su patrocinio de iniciativas culinarias vinculadas a la legumbre, con una nueva edición prevista a comienzos de 2026 en un certamen nacional que exige el uso de legumbres reconocidas de la comunidad.
Salud, precio y territorio
El regreso estacional de los platos de cuchara en invierno coincide con tres tendencias que se refuerzan mutuamente: búsqueda de comidas calientes y saciantes en meses fríos (sopas, potajes, cocidos); interés por la cocina de proximidad, apoyada en IGP/DOP y marcas territoriales; y relectura contemporánea de la legumbre -por nutrición y coste- en un país importador neto de leguminosas grano, donde la producción interior y las figuras de calidad ganan relevancia en el debate alimentario.
De cara a los próximos meses, el foco estará en cómo se articulan tres movimientos: la promoción institucional, la agenda gastronómica (ferias y concursos) y la capacidad de la hostelería para sostener cartas de invierno sin convertir el recetario tradicional en simple reclamo. En una Comunidad que concentra superficie, producción y sellos de calidad en legumbres, la temporada fría seguirá funcionando como escaparate anual de un hecho de fondo: en Castilla y León, la cuchara no es solo un gesto cultural, sino una pieza estable de economía rural, industria alimentaria y consumo cotidiano.




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