Hoy, por fin, has cerrado los ojos y te has ido silenciosa con tus seres queridos y, como siempre deseaste, estarás en el Reino de los Cielos. Lo tienes merecido.
Y yo estoy enormemente agradecida por tu partida, porque dejes este mundo que, sin duda, hiciste mejor, por el que lo diste todo. A tus 102 años, descansar en paz es ya una obligación que llevabas tiempo deseando, lo hemos hablado muchas veces, querías “dormir y morir”, me dijiste hace solo unos días, en tu último ingreso que lúcida, encaraste con resignación.
Y eso voy a contar ahora, tu último ingreso, cuando parecía que ya no podías más y levantaste sonriendo la cabeza para decirme: “Ay, Ruth, qué alegría me da verte, que orgullosa estoy de ti”- y yo sonreí porque la realmente orgullosa era yo. Tu pelo blanco, límpido como tu corazón, tus manos suaves, con las arrugas del tiempo, pero también de haber asido con amor y esperanza, esos ojos pequeños y profundos que se movían, a ritmo de la discinesia, con tu cabeza, con tus brazos, con todo tu cuerpo y te hacían singular. Un fresco olor a cítricos y flores blancas y una sonrisa que dejaba ver tu único diente, motivo de tu gran enfado y creo, de ese declive que últimamente tenías. “Estoy muy fea, ¿verdad?”- no te gustó que te sacaran las últimas piezas y eso que nunca fuiste superficial ni frívola, pero algo se había acabado en ti, y no te gustó. Yo me reí, casi a carcajada, por como tu sonrisa inicial se convirtió en una mueca infantil. Pero todo pasó pronto y, como siempre, volvimos a tu infancia, a tu Galicia natal, al recuerdo de ese padre al que adoraste y que fue tu gran maestro; a las abejas y ese primer libro que aprendiste de memoria de tanto leerlo; hablamos de la temprana muerte de tu hermano, del ingreso en el convento de Barcelona y tu salida de él; y cómo no, de tu llegada a Ávila, a tu Ávila, a la ciudad que te hizo feliz, donde, sin lugar a duda, ha estado tu casa.
Casi una hora de charla en la que reímos, me contaste por décima vez la anécdota de mi hermano Piraña y el día que se quedó encerrado en la Aneja; del primer perro callejero que te llevaste a casa y como se enfadó tu hermana, pero también lo que llorasteis las dos cuando se murió; hablamos de las compañeras de clase, de Carmencita, tu alumna predilecta, hicimos un bonito repaso a los años 80, incluso hablamos de hacer gelatina para copiar los textos libres que tanto te gustaba que escribiéramos para corregir todas juntas en el encerado; hablamos de tu salida del colegio y tu proyecto con los gitanos; de tu querido pero desaparecido Antonio, me preguntaste, única muestra de olvido, por mi padre, con unas palabras que he grabado a fuego “qué gran hombre, como quería a tu madre y como os cuidaba, le recuerdo en una excursión a Piedrahíta, vuestro pueblo, a ver ovejas merinas”- y yo volví a sonreír porque me parecía imposible que esas cosas, ciertas, claro, estuvieses perfectamente guardadas en tu memoria. Hablamos de Inmaculada Lanchas, de Mercedes Pego, de Doña Feli y de todas las maestras que coincidieron en el tiempo, y siempre con admiración y gratitud. Siempre, Conchi, con enorme cariño y respeto.
Así hoy, cuando has cerrado los ojos por última vez, y me dispongo a despedirte, quiero hacerlo de la misma forma que tú, con amor por todo lo que siempre nos diste, y gratitud, porque no puedo evitar sentir que ejemplos como el tuyo hacen a la sociedad mejor.
He tenido muchos maestros y profesores en mi vida, a todos recuerdo con gran cariño y entusiasmo, de todos guardo un profundo respeto que sé que, por su ejemplo, decidí dedicarme a la enseñanza, pero de ti tengo algo mucho más parecido al deslumbramiento, al arrobo, a la admiración. Tu ejemplo ha sido el mejor gesto de amor y entrega.
Nunca son fáciles las despedidas, aunque algunas saben a calma, a tranquilidad, a sosiego, a esto me sabe la tuya, y también a saber que lo mejor de ti lo guardo en forma de conocimiento. Gracias, Conchi, por todo.
![[Img #160864]](https://avilared.com/upload/images/07_2025/8654_concha_pedrosa.jpg)
IN MEMORIAM | Viernes, 25 de Julio de 2025 a las 18:19:16 horas
Gracias Conchi por ser nuestra maestra, por tu generosidad, por inculcarnos buenos valores, por compartir tu tiempo y tus conocimientos con tantas generaciones… Gracias.
Accede para votar (0) (0) Accede para responder