Día Domingo, 18 de Enero de 2026
Adiós, Luis
La muerte de Luis García Arés me toma por sorpresa al tener conocimiento de ella varios días después de haberse producido. Soy uno más de los que lamentan el final de una vida honrada y generosa, porque Luis es y será uno de los grandes de Ávila a pesar de la modestia con la que ocultaba pudorosamente su valía.
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Un intelectual poliédrico e incansable en la búsqueda del saber. En este aspecto, podría reiterarme y no añadiría palabras más certeras que las escritas por Adolfo Yáñez en la necrológica de nuestro común amigo.
Por eso, sin menoscabo alguno de su personalidad de hombre sabio que pretendía ir de puntillas y sin glamures por la existencia, los recuerdos más entrañables que poseo de él provienen de su sólida creencia en los derechos de los animales. Lo conocí a principios de los años noventa en aquellas reuniones con Concha Macho -la iniciadora de todo-, Concha Pedrosa y otros queridos compañeros para crear la Protectora de Animales de Ávila, y después en otras muchas citas similares para sacar adelante el proyecto. No fueron tiempos fáciles para conseguirlo. Los perros y gatos abandonados o crecidos sin el menor amparo constituían una imagen frecuente en las calles de Ávila, siempre con un halo de tristeza y necesidad tras de sí. O sobre sí. Se comenzó de cero en aquellos dos improvisados refugios que socios también tocados por la generosidad -me estoy refiriendo a Concha Pedrosa y a Pedro- pusieron a disposición de la Protectora. En ese ambiente tuve los primeros contactos con Luis, que empleó sus dotes en la contabilidad para hacerse cargo de la paupérrima tesorería de la asociación.
Luis García Arés debió ser un padre satisfecho porque hizo una familia con unos hijos la mar de creativos y luchadores en defensa de los animales; especialmente Alicia, que lo mismo bregaba en el mantenimiento de los refugios que en la organización de mercadillos a beneficios de los acogidos de los recintos o en lo que hubiera menester. Cuando el número de perros era tal que ya no se podía dar una atención especial a los que habían llegado con lesiones o alguna enfermedad, sacaba de los refugios a los más débiles para llevárselos a Navaluenga a pasar el verano con él, su mujer y los hijos que continuaban en Ávila. Y ocurría, siendo esta familia como es, que bastantes de aquellos canes que sólo se toparon con la desgracia hasta entonces, se quedaron definitivamente, no sólo el verano, para compartir la vida de Luis. Fueron bastantes porque ya arribaron maltrechos y viejecitos, y algunos no tuvieron demasiado tiempo para disfrutar del consuelo de este linaje de benefactores. Son incontables las veces en que, por la mañana y camino del trabajo, saludaba a Luis cuando realizaba la primera salida con sus protegidos en el Paseo de Don Carmelo.
Aunque era de naturaleza apacible, le brotaba la indignación cuando la canallada se llama toro de Tordesillas, galgos y perros de caza asesinados por los propios dueños al término de la temporada de sangre y plomo, la negrura despiadada de los espectáculos taurinos o la injusta vida de presidiarios perpetuos de los animales de los circos. Por todo esto y por tantas iniquidades más, se alegró al saber de la existencia del PACMA en Ávila.
En más de dos decenios nunca oí ni el más mínimo comentario negativo sobre su persona, y ya es difícil que de un modo u otro no aparezca algún contradictor insidioso. Pero así son los tipos geniales a los que, además, les viene como un guante el parafraseo machadiano de “era un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Luis siempre me recordó a mi padre.
Sus dos últimos años estuvieron marcados por las secuelas de dolor y las limitaciones causadas por el estúpido e incomprensible atropello que sufrió mientras cruzaba un paso de peatones bien señalizado. En la hora del adiós, los sin voz de todos los refugios, los galgos y los toros, los tristes animales presos en los circos y los pájaros del cercano parque habrán guardado un silencioso homenaje para el que siempre tuvo para ellos una mirada con superávit de bonhomía.



Paco | Viernes, 07 de Junio de 2013 a las 13:27:34 horas
Se podrían decir muchísimas cosas buenas de Luis García. En el trabajo, su fama de persona de una gran carga ética le precedía. Realmente es una gran pérdida para Ávila.
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