Lo imprescindible y lo superfluo

Luis Represa

Antonio Muñoz Molina, uno de los referentes morales e intelectuales para todos los que creemos en esa tercera España que nace en la Constitución de Cádiz, y brota en algunos personajes de la segunda república, o en algún aroma de la transición, destaca en su libro ‘Todo lo que era sólido’, la necesidad de escoger entre lo imprescindible y lo superfluo.

El problema surge y deviene irresoluble cuando no se tiene claro qué es lo imprescindible y qué lo superfluo, o más bien cuando lo superfluo para la sociedad  es lo imprescindible para la pútrida casta política que nos parásita. Algunos entendemos  como imprescindible educación pública de calidad, sanidad universal y pensiones dignas; en definitiva, el estado del bienestar tan raro en el mundo y tan poco apreciado por los que lo disfrutan.

Por superfluo entendemos una estructura del estado, sino demencial directamente estúpida y que se llama estado de las autonomías. Estado, que ha demostrado su fracaso en forma de ineficacia, despilfarro, caciquismo, endogamia, corrupción y desigualdad entre los españoles.

El estado de las autonomías se ha sustentado no sobre la conveniencia y necesidad de los ciudadanos sino sobre un dinero proveniente de la burbuja inmobiliaria, crédito barato y ayudas europeas, falazmente transformadas en logros de los distintos gobiernos regionales.

La casta política tiene pavor a que los ciudadanos empiecen  a constatar que no pasaría nada (salvo el ahorro y la supresión de cargos) si desapareciesen los parlamentos regionales, las televisiones autonómicas, los gobiernos regionales y demás consejerías.

Pero esa constatación no viene de un espíritu centralista o añorante del pasado franquista (argumento éste al que la casta política o todo sectario que se precie recurre en cuanto uno se declara ateo de las autonomías y el federalismo), sino del sentido común y del europeísmo convencido. Antes de apelar a los sentimientos identitarios y a la falsa pluralidad de España, la casta política, especialmente la autonómica, debiera contestar a unas simples preguntas:

¿Qué sentido tienen parlamentos regionales cuando la transferencia de soberanía a Europa es imparable, y ya el 90 por ciento de las leyes son trasposiciones de directivas europeas?

¿Cómo se puede pretender la Unión Europea una Europa federal, para hacer federaciones dentro de un estado federado?

¿Qué sentido tiene un estado autonómico o federal en uno de los países más homogéneos culturalmente y socialmente no solo de de Europa sino del mundo?

¿Alguien medianamente formado puede encontrar alguna diferencia entre el catalán o el madrileño, en intereses económicos en cultura en forma de ver la vida salvo que en Cataluña, en los bares se lee ‘El Mundo Deportivo’ y en Madrid el ‘Marca’.

¿Tiene sentido una autonomía o un estado federal en una región como Castilla y León con menos de tres millones de habitantes, y en una gran parte mayores de sesenta años, sin capacidad financiera alguna?

¿Por qué mienten e identifican estado unitario con estado centralista?

¿Por qué en regiones como Castilla y León, Castilla la Mancha, Extremadura, Cantabria Murcia, La Rioja, sus estatutos de autonomía no han sido refrendados por la población? 

¿Cuánta gente hubiera ido a votar el nuevo estatuto castellano y leonés, o el extremeño?

España es un país pequeño y homogéneo, y debe tener como tal una administración pública adecuada a los medios de que dispone. Ahora los medios son escasos y magros, tan alicortos, que se deben emplear en lo imprescindible, ‘el estado de bienestar’, lo superfluo debe ser sacrificado. Como ciudadanos no hemos de tener temor alguno a la supresión del Senado, ‘juntas de castilla y león’, ‘generalidades’ catalana, valenciana o parlamentos regionales; esta hojarasca administrativa inútil no es más que  sustento de la clase política.

La pretensión de salir de la crisis sin tocar este absurdo modelo territorial que tenemos es la prueba evidente de la colusión entre los intereses ciudadanos y los de la clase parasitaria, así como de la falta de respeto por la realidad y por la verdad.

¡Para qué engañarse! En cuanto la casta empieza a gimotear lo de las señas de identidad,  costumbres ancestrales, Españas plurales, federalismos integradores o asimétricos,  estados autonómicos, etc, no están hablando de su región o pequeñita nación sino de   cargo, sueldo, despacho, secretaria y  pensión. Quizás a ellos les parezca imprescindible, a la sociedad yo diría que mayormente, superfluo.

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