Atardecer. Foto: Luis Miguel Gómez Garrido. Atardecer. Foto: Luis Miguel Gómez Garrido.

Atardecer en el teso

Luis Miguel Gómez Garrido

“Cinco largos meses han pasado desde la última vez que fatigué estos viejos caminos”. Pensaba para mí mientras se extendía ante mis ojos, infinita, la vasta planicie. El crujir de los rastrojos, rítmico, cadencioso, acompasaba mis pasos firmes en la besana.

A lo lejos, cerniéndose con su raudo aleteo, distingo entre el fino celaje, la silueta de un cernícalo, presto a dar caza a algún desprevenido roedor. No tarda la pequeña rapaz en caer en picado sobre su presa. El sinfín de toperas abiertas en el terreno labrantío, evidencian la plaga de topillos que azota a la comarca.

 

La dorada arenisca del campanario de Moriscos destaca sobre casas de adobe y humilde tapial. El sonoro traqueteo de un tren de mercancías me saca, por un instante, de mis pensamientos. Atrás queda el puente, el apeadero…, las agujas, si en un tiempo útiles, ahora ahogadas entre la yerba espigadera… La tarde iba dejando su poso de melancolía en el corazón de la llanura…

 

A la derecha del camino, triscan los gazapos entre el espesillo de escobas y matojos. El simpático colirrojo tizón, a modo de juego, espera a que me acerque al poste desde donde suelta al aire su gavilla de notas chirriantes, para de súbito, echar a volar al posadero más lejano. Y así, en la distancia, cuando mis ojos creen alcanzarlo, el pájaro se entretiene en burlar mi mirada.

 

Tras pasar por el túnel de la autovía, encamino mis pasos por el Sendero de los Burros. La llanura, –que pudiera resultar uniforme, rectilínea al observador poco avezado–, en este rincón del término, rompe su monotonía  con pequeñas lomas, suaves ondulaciones.

 

Me dispongo a subir el teso que corona las extensas campiñas del pueblo. A la pálida luz del ocaso, el paisaje se difumina en tenues pinceladas. Cielo y tierra parecen tocarse, fundirse en un beso. Mi espíritu se eleva a piélagos de púrpura y añil.

 

Desde la cima, contemplo a un lugareño trabajando en su cortino. Oculta entre rastrojos, silba la moñuda su tonada vespertina. La inmensa soledad resuena en el vibrar de élitros.

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