La sequía

Luis Miguel Gómez Garrido

'La Sequía'. Así rezaba el título de la obra que me compré el otro día en la Feria del Libro de Salamanca. El estilo ampuloso, y un tanto trasnochado, de su autor, no me echó hacia atrás a la hora de adquirir el volumen.

[Img #70951]

 

Una mañana, hojeando con delectación el libro, no sé si por azar o por necesaria causalidad, mis ojos dieron en toparse con este breve cuentecillo insertado, a modo de exemplum, dentro de la obra:

 

“Ocurrió, pues, que un ganadero de una provincia de España, al ver aquel año cómo sufrían sus reses los rigores de la sequía que azotaba la comarca entera, alzando la mirada alrededor de toda la alquería, pronunció estas palabras lastimeras:
    –Convertido su verdor en secarral de espanto, contemplo los que, antaño, fueron frescos pastos, y hogaño no son más que yertos páramos.”

 

Tras esta sugerente lectura, decidí calzarme las botas y salir a fatigar caminos y veredas. El panorama que presentaba la llanura, a estas alturas del año, era deplorable. Abril se había despedido sin una mísera gota de agua. Y Mayo, por lo visto, también se resistía a enviar a los hijos del terruño, su preciado “maná”.

 

Los trigos, a duras penas se yerguen sobre sus tallos frágiles y entecos. Reducidos por la sequía a su mínima expresión, pugnan por romper los endurecidos y secos terrones. A lo largo de la besana, porciones dilatadas de tonos amarillos y ocres presagian pésimas cosechas.

 

Las cunetas de los caminos muestran, hogaño, una floración pobre y rala. ¡Nada que ver con la orgía de aromas y colores con que acostumbra a embriagarnos Mayo en estas amplias campiñas!


Las lentejas tampoco estojan (1) en este ambiente de polvo y sequedad, más propio del mes de agosto que de la estación consagrada a Flora. “De seguir las cosas así, –pienso para mis adentros–, la cosecha de este año…, me parece a mí que va a coger, toda ella, en un celemín”.

 

Extenuado por el excesivo calor, llego al pueblo más cercano. Después de dar un paseo por sus calles, y de admirar el trabajo de forja que ostentan los balcones de algunas de sus casas principales, me dirijo a la tasca del lugar. Dentro del bar, el tabernero me invita a un suculento plato de chanfaina. Ya con el ánimo reconfortado, bebiendo a pequeños sorbos y con fruición mi chato de tinto, pienso para mí: “¡Bueno! Pues a falta de agua, bienvenido sea el vino”.

 


(1): Estojar, ‘crecer, desarrollarse’. No está en el DRAE.

(1)
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