Pedro Sánchez es el candidato de Podemos, no del PSOE

Alfredo Rodríguez Blázquez

Poco después de triunfar en Portugal la Revolución de los Claveles, uno de sus líderes, Otelo Saravia de Carvalho, acudió en visita oficial a Suecia para entrevistarse con el primer ministro sueco, Olof Palme.

Una vez en presencia del padre de la socialdemocracia europea, el líder portugués le expuso los principales objetivos de la Revolución, entre los que destacaba la urgente e ineludible tarea de “acabar con los ricos”. Palme, sorprendido, le respondió que él y su gobierno tenían objetivos muy diferentes: querían “acabar con los pobres”.

 

Valga este episodio histórico para entender un poco mejor la gran diferencia que hay entre la socialdemocracia y la nueva socialdemocracia que pregona Pedro Sánchez, un término por cierto que ya fue utilizado hace unos meses por Pablo Iglesias para definir a Podemos. Yo no sé si este hombre, me refiero a Pedro Sánchez, es socialista por principios, por ideas, por convicción o por interés, pero si sé que no es obrero y estoy seguro que no sabe lo que significa tener sentimientos de pertenencia a una clase social humilde y trabajadora. Es un progre más de nuestro tiempo, hijo de la abundancia y de las libertades.

 

La nueva socialdemocracia en la que se ha instalado ni siquiera aguanta el calificativo de nueva. Es tan antigua que se asemeja, como una gota de agua a otra, a la vieja socialdemocracia española de los primeros años treinta donde una facción importante del PSOE, la liderada por Largo Caballero, quería ser como la extrema izquierda: una fuerza revolucionaria. Y eso mismo le ocurre a Pedro Sánchez: quiere ser como Podemos. Sueña con construir una hegemonía de izquierdas que pasa por aliarse con la formación morada (palabras suyas) y abrir un proceso de reforma constitucional porque ahora, a sus ojos, España, la nación más antigua de Europa, es una nación de naciones, un estado plurinacional. Es evidente que Pedro Sánchez entiende la política exactamente igual que los líderes de Podemos: como transformismo y espectáculo.

 

A cualquier persona con sentido común le parecería inconcebible que alguien quiera aliarse con su enemigo; con aquel que te odia, que te quiere eliminar y su objetivo es conseguirlo;  pero el sentido común de Pedro Sánchez está viciado por su ambición de poder y  movido por el deseo de revancha. Se ha empeñado, entiendo que no deliberadamente, en pasar a la historia como el Kerensky español (el tonto útil del que se sirvió Lenin).


 
En el tablero político nacional se está jugando una partida múltiple de ajedrez, donde los  únicos que saben a lo que están jugando son PP y Podemos.  Ambos comparten un objetivo común que les retroalimenta: acabar con la izquierda de este país, aunque cada uno por razones muy distintas. Pablo Iglesias quiere destruir al PSOE pero no a Rajoy,  el enemigo del pueblo imprescindible que todo buen revolucionario necesita como antagonista. Y Rajoy necesita a Pablo Iglesias más que nunca porque es el mejor antídoto para impedir que haya una alternativa real de poder al PP. Pedro Sánchez, por el contrario, cegado por la ambición de poder, sigue empeñado en destruir a Rajoy con el apoyo de Iglesias, síntoma evidente de que juega su propia partida de ajedrez y de que vuelve a confundir al rival necesario con el enemigo y a éste con el amigo.  

 

A veces creo que confunde nueva socialdemocracia (que yo no sé lo que es) con socialismo del siglo XXI. De otra forma no me explico su discurso y su dialéctica. Sinceramente creo que este hombre, si gana las primarias socialistas, al único que acabará destruyendo es al histórico y centenario PSOE. Pedro Sánchez, más que un candidato del PSOE, parece un candidato de Podemos.

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