Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
Premios
Vaya por delante mi absoluta indiferencia y hasta cierta reluctancia por la inmensa mayoría de los premios literarios. En primer lugar, por el planteamiento absurdo que encierra la esencia de estos galardones. A saber, la decisión arbitraria de que un libro es mejor que otro.
En una carrera de atletismo no hay espacio para lo subjetivo. Gana el que primero traspasa la línea de meta. Sin dudas, ni opiniones, ni amiguismos, ni tendencias políticas, ni devolución de favores, ni presiones editoriales. Usain Bolt ha ganado. Usain Bolt es el mejor. Pero cuando el tema que tratamos es el arte, la cosa ya no está tan clara. ¿Es mejor Velázquez que Picasso? ¿Miguel Ángel que Louise Bourgeois? ¿Shakespeare que Cervantes? Entonces, ¿cómo decidir entre dos libros correctamente escritos cuál es superior al otro? Pues muy fácil. Es mejor éste porque lo decimos nosotros que somos el jurado y además somos muy listos. Y punto. Sospecho que esta explicación grotesca de fallo de jurado sea más cierta de lo que imaginamos. Por eso no creo que en el mundo de la cultura deba haber este tipo de competencias.
Dicho esto, he de confesar que dos premios literarios celebrados en fechas recientes me han llenado de esa rara, por escasa, satisfacción que uno siente cuando es testigo de un acto de justicia plena. El primero fue la concesión del Premio Planeta al escritor Lorenzo Silva. Algo tan justo y tan merecido que el hecho de haber elegido a Lorenzo dignifica al premio y no al revés. Y no sólo se ha hecho justicia con Lorenzo. También con un género, el negro, que en estos momentos vive uno de sus mejores momentos en cuanto a calidad, evolución y creatividad. Las novelas negras tradicionalmente han sido maltratadas por cometer el peor de los pecados contra la intelectualidad de este país. Tenían éxito. Vendían mucho. Gustaban a la gente. Eso las convirtió inmediatamente en libros menores, populares, con toda la carga peyorativa que transmite el término. Un ejemplo de ello lo tenemos en el propio Premio Planeta. En sus sesenta años de historia sólo ha sido otorgado en tres ocasiones a escritores de novela negra. Manuel Vázquez Montalbán, por ‘Los mares del sur’, Francisco González Ledesma, por ‘Crónica sentimental en rojo’ y a Lorenzo Silva, por ‘La marca del meridiano’. Pocos, muy pocos. Se me ocurren muchos nombres que podrían haberse añadido a esta exigua lista. Curiosamente, la lista de ganadores del Planeta que son rostros populares de la televisión es mucho más amplia. Les invito a que lo comprueben. Da que pensar. Dejando estos misterios a un lado, lo cierto es que este año el Planeta ha acertado. Lorenzo Silva se merece este premio y muchos más por la calidad literaria de sus obras y por los años dedicados a la defensa y difusión del género negro.
La segunda alegría no fue por la concesión de un premio literario, sino por todo lo contrario. Javier Marías, enorme escritor, dio un ejemplo de moralidad y coherencia que traspasa el ámbito de la cultura cuando rechazó el Premio Nacional de Literatura. En una época y en una sociedad donde lo primordial es la superficie. Donde vale más el que aparenta que el que es. Llena de hermosos continentes, pero vacíos de contenidos, Marías da una rueda de prensa para rechazar el galardón y explicar los motivos. Digo que traspasa el ámbito de la cultura porque no hay muchos entre nosotros que repetirían el gesto del escritor. Cuantos de los que claman en el bar contra la corrupción política dirían que no a una suculenta comisión por recalificar unos terrenos si la vida y los votantes les colocaran en el cargo adecuado. Me temo que no muchos. Estoy convencida de que un alto porcentaje de la población es honrada por falta de oportunidades de dejar de serlo. Por eso lo que ha hecho Marías tiene un valor moral ejemplarizante. No tanto por negarse a recibir el galardón, sino por rechazar el dinero. Por demostrar públicamente que todavía hay gente que no se deja comprar. Parcelas de dignidad que no se pueden recalificar. Que palabras como “moral”, “honor”, “honradez” pesan, no son simples sonidos sin sustancia.






Juan Carlos | Miércoles, 13 de Febrero de 2013 a las 08:48:38 horas
Si por algo se distingue al premio Planeta es por ser el más desvergonzadamente amañado de cuantos se convocan en España. De hecho, se conoce el nombre del ganador días antes del fallo, y eso que el ganador (qué casualidad) siempre concurre bajo pseudónimo, y la votación, según el procedimiento Goncourt, se produce durante la gala de entrega de premios. Por ello, calificar de justo y merecido este premio no sólo es un oxímoron, sino un atentado contra la inteligencia de quien pueda leer tan insensatas palabras.
Además, Silva es jurado habitual en numerosos premios, facedor reconocido de entuertos de los que se benefician sus amiguetes, cuando no obediente mamporrero del grupo editorial que le paga, por lo que al menos cabe suponer que es lo bastante dócil y corrupto como para ajustarse a las exigencias de Planeta.
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