Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
Lo llaman chuches y no lo son
La nostalgia volvió a apoderarse de mí. Fue mientras hacía cola para comprar el pan y el periódico. Me precedían dos chiquillos que dieron buena cuenta del euro que llevaban en la mano. Lo hicieron poco a poco, como mandan los cánones de su edad, preguntando de vez en cuando aquello de “¿me sobra algo?”.
Por Luis Antañón
Me vinieron entonces a la memoria los kioscos donde uno solía acudir a comprar golosinas, ya fuera con 50 céntimos, con 1 peseta o con 1 duro. En Ávila ha habido varios referentes. Los más lejanos en el tiempo, pues a uno le queda un vago recuerdo de ellos que quizás alguno de los lectores pueda completar, se corresponden con unos carritos con ruedas en los soportales del Mercado Grande, junto a las también desaparecidas carteleras de cine. Al llegar la noche los carritos se tapaban y se resguardaban.
En el centro de la ciudad, cuando el comercio que no fuera de alimentación apenas existía en otros lugares, Pipas Calvo, además en dos versiones, la de bolsa blanca (Pipas Calvo) y la de bolsa amarilla (Hijos de Calvo), que decían era mejor y que todavía perdura en la Plaza del Ejército tras abandonar su legendaria sede en la calle Duque de Alba.
Y en otros puntos de la capital, en las proximidades de la Plaza de Santa Ana, en concreto en la calle Isaac Peral, estaba Jofer y en el Paseo de la Estación -antes avenida de José Antonio- el puesto de Juana, junto al colegio de la Aneja, una ubicación inmejorable, sobre todo a la hora de salir de clase.
Mientras, en el jardín del Rastro se encontraba el kiosko de Paco, que incluso vendía cigarros sueltos. Lo tiraron para retranquear la calle. Ambos kioskos tenían -eran otros tiempos- ventanilla para expedir las golosinas.
En los alrededores del Monasterio de Santo Tomás se hallaba Vergara. En realidad, el letrero de la puerta rezaba Frutas Vergara (luego cambiado por José Miguel), pero vendía gominolas, revistas de cómic y novelas del oeste, entre otras cosas. Por cierto, había otro Vergara más céntrico, en el pasaje de los Caballeros (¿pasaje?, sí, era un pasaje comercial con varias tiendas lo que ahora es simplemente la entrada al portal de un edificio), lugar ideal para coger provisiones antes de la película del Tomás Luís de Victoria, porque el ambigú del cine salía algo caro para la mayoría de los niños.
Recuerdo cómo funcionaba el boca a boca ante cualquier novedad, más en una época que el abasto se limitaba prácticamente a las pastillas de leche de burra, a los chicles, a los regalices y a los frutos secos. Menudo éxito tuvo una figura cilíndrica blandengue, de color blanco y rosa, que la llamaban nube (jamón en Madrid). Algunos incluso la quemaban para saborearla de otro modo. Después vino la piruleta que se chupaba para meterla en un sobre con polvos ácidos y que éstos quedaran bien adheridos antes de regresar a la boca. Qué decir de los capirotes, que eran panchitos garrapiñados, de los gusanitos Risi, de las botellas de Coca Cola, de los plátanos, de los palotes o de los chicles Cheiw, incluido el de sabor canela, que tan poco se estila ahora.
Algunas de las golosinas perduran aún y pueden comprarse todavía, aunque compiten con otras de diseño muy vanguardista. Qué facilidad para la innovación tienen sus creadores y qué nivel de aprendizaje los chavales, tanto para los nombres como para la variedad.
Por cierto, ya que he mencionado los Palotes de Palín, nunca fui capaz de ganar ninguno de los sorteos que promovían ni de reunir los puntos necesarios para que me enviaran a casa el castillo que anunciaban por la tele. Mira qué compraba aquellas barritas de fresa, pero ni así. A veces daba rabia, porque el premio venía cortado por la parte de arriba o de abajo del envoltorio y perdía validez. Algo similar ocurría con los caramelos Sugus, con los que también había que tener cuidado para retirar el envoltorio y no estropear el posible premio, o con los chicles Cosmos, los únicos que tenían una variedad negra con sabor a regaliz, que proporcionaban diminutos cromos en papel de envolver el chicles con vehículos espaciales.
En fin, eran otros tiempos. Y como me gusta ser sincero, lo que voy a ser. Pongo empeño, pero nada, soy incapaz de utilizar el término ‘chuche’. No logro acostumbrarme. Soy más partidario del tradicional ‘golosina’ para referirme a ese manjar delicado, generalmente dulce, que sirve más para el gusto que para el sustento. Siento que clamo en el desierto, porque ahora apenas se utiliza esta palabra. Y cuando uno la dice en público, aparece la cantinela de siempre, es decir, la típica risita y el recurrente “te haces mayor”. Claro, uno se mira y no les falta razón. Lástima que una palabra que trae tantos recuerdos sea una palabra en desuso, que se ha dejado comer terreno por la insólita ‘chuche’.
Eso sí, más de un padre, y sobre todo de un abuelo, se llevaría las manos a la cabeza si conociera realmente las verdaderas intenciones de quienes han propagado ‘chuche’ para referirse a ‘golosina’ y descubriera qué metáfora se esconde detrás del término. Los curiosos lo tienen fácil, es tan simple como consultar el diccionario de la RAE. Su gracia tiene, se lo recomiendo.![[Img #5220]](upload/img/periodico/img_5220.jpg)




M. Angel | Martes, 06 de Noviembre de 2012 a las 06:42:37 horas
Maravilloso articulo, porcierto porque han desaparecido los quioscos de GOLOSINAS? alguien me lo podria aclarar, no creen que seria una solucion para quien no encuentran trabajo montarse un quiosco de GOLOSINAS prensa flores etc y probar suerte, seria genial ver de nuevo esas pequeñas casitas que tanta vida daban y problemas resolvia a quie lo regentaban
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