Las redes: colmenas humanas

Alfredo Rodríguez Blázquez

Si uno observa de cerca el comportamiento de las abejas, percibirá que parecen regirse por una coordinación extraordinaria, como si tuviesen un cerebro colectivo regido por la reina del enjambre.

Y hoy, en nuestras vidas, hay un cerebro colectivo de banda ancha que nos hace estar permanentemente conectados a él las veinticuatros horas del día. La inmensa mayoría de personas lo consideran algo liberador, un instrumento ideal para expandir nuestras vidas más allá de la realidad que cada uno de nosotros hemos de vivir. Y no voy a ser yo quien reniegue de los avances tecnológicos, todo lo contrario: los considero la mejor herramienta que ha tenido el hombre a su disposición para ejercer su derecho a la información, para acceder al conocimiento, para ejercer su libertad; un instrumento que ha permitido eliminar los límites de espacio y tiempo, un medio que nos facilita la vida, que nos permite –bien usado- disfrutar de más tiempo de ocio, una herramienta que, de haber existido hace setenta y tantos años, hubiera evitado, por ejemplo, el holocausto.


Pero dicho esto, no me cansaré de repetir cuantas veces crea necesario que ese cerebro colectivo de Internet y sus redes sociales, está alcanzando cotas de control ciudadano, de sometimiento social, de odio… que acabará por convertirnos, con gusto eso sí, en una sociedad esclavizada al servicio de una minoría elitista convertida en reina de la colmena. Las redes nos están transformando en esclavos gozosos de formar parte de un cerebro colectivo que nos despoja poco a poco de la palabra, de la escritura, del contacto, de la mirada del otro… convirtiendo así lo virtual en real y lo real en virtual. Y no me engaño; las nuevas generaciones, y no tan nuevas, son digitales, ya tienen una nueva forma de pensar, de sentir y de relacionarse. Y esta es la realidad que se acabará imponiendo. Quienes no participen de las redes sociales acabarán por sentirse aislados, frustrados, porque quién no esté en ellas dejará de existir, de tener visibilidad. Pero yo quiero decir, alto y claro, que quienes de verdad se aíslan son las personas que abusan de las redes, quienes no pueden pasarse un día sin acudir a ellas. Y lo creo así porque se aíslan de ellos mismos que es el más dañino de los aislamientos. Las redes sociales además generan celos y envidias hacia aquellas personas que suben fotos y publicaciones de sus éxitos. De la misma manera que generan frustración por lo contrario. Y de ahí al odio social solo hay un paso.


Estar conectados constantemente hace de hombres y mujeres personas compulsivas, obsesionadas, capaces de dejar de escuchar a quién nos habla por atender el último WatshApp, expectantes por ver cuántos comparten lo último que hemos subido a la red. Todo ello nos aleja, cada día un poco más, de nuestra realidad, que por muy dura que sea, es la única verdadera, la otra, la que vivimos en las redes sociales, es una impostora. Nunca pensamos que cuando subimos nuestro perfil a cualquier red social, solo subimos aquella parte de nuestra persona que a nosotros nos parece la buena. Nos disfrazamos para que los demás nos vean como quisiéramos vernos a nosotros mismos. Es más fácil y satisfactorio vivir un mundo de impostura virtual que la realidad que cada uno de nosotros tenemos que vivir, la cual… muchas veces nos supera… Y esto acaba convirtiéndonos en adictos y, lo que es peor, en seguidores de otros, en ovejas, porque como predijo Georges Orwell: la tecnología de la información acabará por oprimir aún más a los individuos, individuos que, en contra de lo que se piensa, no somos más sociales.


El espíritu de colmena que promueven las redes se va adueñando a pasos agigantados de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento y eso hace que formemos enjambres que pugnan entre sí con odio, un odio impreso en ciento cuarenta caracteres. Nos creemos partícipes de lo público cuando somos rehenes de unos zánganos (políticos) que solo quieren dividirnos en enjambres para poder seguir copulando con la reina de la colmena.  La simplicidad engañosa de las redes se impone a la complejidad de la vida. Así lo veo y así lo cuento. Si Georges Orwell o Aldous Huxley levantaran la cabeza…. no dejarían de sonreír socarronamente al ver con sus ojos el comportamiento de esta sociedad del siglo XXI.

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