¿Qué pasaría si la masa desempleada fuera masa social?

Diego Hernández Gil

Dejando a un lado la realidad, esa que vemos cada día al despertar, pongámonos a imaginar. A ver, un mundo distinto, que no tiene porqué ser utópico o, irrealizable.

No es mal momento para ponerse a conversar con Morfeo. Con lo onírico. Con esos sueños a los que parece que sólo tenemos derecho a recurrir en tiempos de niñez. Pero, es que algunos pasamos de esa mala costumbre de madurar. Seguimos guardando ese niño que llevamos dentro. No renunciamos al verdadero sentir de la felicidad, que Nietzsche pretendía inculcarnos en la forma de su “superhombre”.


Si bien, dejemos también a un lado nuestra debilidad. Sí, la debilidad de caer en la expresión “irse por las ramas”. Evitémoslo y, centrémonos en lo que hoy se quiere hablar. En esa terrorífica cifra que al Gobierno poco le puede importar. O que, de hecho, poco le importa en sus declaraciones de cada viernes. Esa forma de acabar la semana, como si de un viernes negro se tratara. Ese viernes que no hace falta que quiebre el Dow Jones ni Wall Street para manifestarse, para entrar en acción. Tan sólo basta que resuene al pronunciar nuestra querida Soraya Sáenz de Santamaría la receta de cada semana.


No obstante, tampoco nos dejemos llevar por nuestros impulsos y nuestro rechazo hacia quienes por el momento nos siguen “gobernando”. Los mercados siguen haciendo de las suyas. El mundo parece moverse y, no sólo teniendo presente la concepción que Newton nos legó. Me refiero a que renacen las primaveras. Pero no en todo el mundo. Aún queda un recóndito, en el que su población sólo opta por moverse en época de vítores deportivos o por el famoso de turno que salga en aquella caja, situada en la sala de estar. Eso de los derechos y del movimiento social debe ser cosa de gabachos, comunistas y de gente de mal vivir y postín.


Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, retomo las palabras que he escuchado de manos de unas antiguas profes, de mi infancia y adolescencia. Esas que me dicen que a los jóvenes de este país no nos queda más que embarcarnos en proyectos de emprendedores. Ganarnos el pan por nuestra cuenta. Y a la vez, me planteo: “¿qué pasaría si esas millones de cifras de desempleados de este país nos organizáramos y nos diera por combatir en pro de ese otro concepto de país?”. Quizá es lo único que logra quitarme el sueño.

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