¿De la democracia a la oclocracia?

Alfredo Rodríguez Blázquez

La democracia no deja de ser una utopía, aunque ciertamente mejor que cualquier otra forma de gobierno, pero hace casi 2500 años que lo clásicos griegos ya advirtieron que en la democracia anida siempre el germen de su propia destrucción.

Partiendo de las teorías aristotélicas sobre las formas de gobierno, otro filósofo e historiador griego; Polibio (202-120 a. de C.), el primero en escribir una historia universal, nos explicó que había seis formas de gobierno que se sucedían unas a otras de forma cíclica; tres buenas (monarquía, aristocracia y democracia) y tres malas (tiranía, oligarquía y oclocracia). Y de todas ellas entendía que la oclocracia era la peor de todas. La consideraba una degeneración de la democracia que se constituía cuando ésta acababa manchada de ilegalidad. La definió como el gobierno de la muchedumbre, de la plebe; una tiranía de los ciudadanos menos capaces e ignorantes de la sociedad. La oclocracia necesitaba de un caudillo que, en nombre de la muchedumbre (parte del pueblo que Spinoza llamó multitud y Ortega masas), acababa ejerciendo el poder de forma autócrata y desafortunada.


En España, hoy, la democracia, víctima de la ineptitud y cleptomanía de la clase política, de la crisis, de las políticas que han dejado en la cuneta a millones de personas, de la insultante endogamia de los partidos… ha entrado en una fase de deslegitimación  que puede degenerar en oclocracia. Estamos viendo como una parte de la ciudadanía -cada vez mayor- ya no ve satisfechas sus necesidades, que sus demandas y expectativas no son atendidas, que se siente aislada, defraudada… y esto ha hecho que entremos en una fase de anomía, donde unos pocos, erigidos ya en líderes sociales y políticos, no dudan en lanzar a los “suyos” a defender  cualquier causa que vaya contra el orden establecido, contra los principios aceptados hasta ahora como norma, contra la legalidad vigente.  Me refiero a actos como la cabalgata de las reinas magas, el espectáculo del congreso -bebé incluido-, el padrenuestro sexual, el espectáculo de los titiriteros, apoyar un supuesto derecho que no existe: el derecho a decidir, retirar símbolos, o poner en entredicho fiestas y tradiciones... Nada de todo esto es casual o espontáneo, es simplemente la estrategia diseñada por esa minoría dirigente, ya organizada, para desestabilizar a la democracia desde dentro. Y una manera de mantener viva la indignación ciudadana que ayuda siempre a dar cohesión a todos cuantos les siguen. En el fondo, se trata de hacer política de la nada, de llevar cada aspecto de nuestras vidas a su terreno para apropiarse de la razón absoluta, justificando -de forma sibilina y sectaria- todos sus actos con un principio democrático irrefutable: la libertad de expresión. Es una práctica a que ayuda siempre a dividir en dos bloques antagónicos a la sociedad: ellos y nosotros


Y esto me lleva de nuevo a Polibio, que explicaba con claridad meridiana que el oclócrata no intenta fortalecer la democracia aunque ese sea su discurso, lo que intenta es degradarla moralmente -claro que Polibio no podía imaginar que veintidós siglos después, en una provincia del Imperio Romano, no hacía falta que apareciera un oclócrata para degradar a la democracia; la clase política se basta y se sobra por sí misma para denigrarla y saquearla-.


Decía Confucio que sin un buen ejemplo institucional no hay esperanza para el pueblo, y hoy, las instituciones, empezando por los partidos políticos, son cualquier cosa menos un buen ejemplo. Por eso conviene recordar siempre a la historia, para hacer ver que nunca hay nada nuevo bajo el sol. Y para explicar que la oclocracia -que nadie lo olvide- está en el origen de los totalitarismos y todos los oclócratas de cualquier época  tienen algo en común: saben seducir a la gente vendiéndoles el relato legítimo de una vida digna, pero jamás revelaron sus verdaderos propósitos hasta llegar al poder.

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