El futuro de la dignidad

Diego Hernández Gil

En los últimos días han acaecido acontecimientos, de los cuales tenemos motivos suficientes de orgullo.

Desde luego, el retorno a las calles es motivo para ello. Aunque sean las parisinas, también lo son sin duda. Esas calles de París que recuerdan a nuestro quincemayismo. Sí, a esa razón que volvió a concienciar a la ciudadanía del Estado español, en aquella primavera del 2010. Esa primavera en la que me examinaba como estudiante de primer año de Derecho. Esa primavera en la que me decidí acabar con el miedo.


Ese miedo había sometido a la idiosincrasia del país. A la forma de gestionar los dineros, de emanar las políticas. La política del miedo de la que escribieron los politólogos de los años setenta. Los temidos y no muy lejanos (a nuestro pesar) años setenta siguen por desgracia vivos; no murieron. Yo, por el contrario, no tengo miedo a declararlo e incluso, a constatarlo. Esa política en la que se criaron mis padres, diciéndome hijo: “Estudia y lábrate un futuro y nunca, nunca te identifiques”. El sistema educativo de posguerra.


Sin embargo, si Francia se mueve en su 'Nuit de Débout' en contra de la implantada reforma laboral, en este país no podemos o, no debemos mirar hacia otro lado. Así, lo han hecho en las principales ciudades del país. Como si del retorno del 15-M se tratara. Y de hecho en parte volvemos a ese “renacimiento” de la movilización social. De las mareas gritando a favor de esa vida digna. Esa educación pública. Esos menospreciados y vulnerados servicios sociales a costa de la tijera de los recortes. Y a su vez, ese contrapoder emanado de esa masa crítica, que en ocasiones, parecía dormida.


De ese modo, seguimos caminando en los días. En ese día a día donde se siguen leyendo cifras teñidas de un decoroso, color rojo. De esas cifras negras de muertes en dignidad y desde luego, en humanidad. Mientras ellos siguen en su burbuja. La burbuja de los pactos, de esa concordia que reclaman bajo la figura franquista de Suárez. Y por eso, se olvidan de “esos miserables” que en la calle habitan y, que en la miseria o que de camino a ella, sobreviven en su lucha cotidiana. Pero, nunca o (bueno), casi nunca mueren. Siguen luchando frente a la loca incertidumbre del amanecer.


En conclusión, es de merecer esa revuelta en las calles. Esas mareas que siguen reclamando lo que es suyo, lo que les corresponde. Lo que debería ser de imperativo legal, pero que en la práctica, no se traduce. Se habla de los telones de fondo, de la continua corrupción que sigue devastando lo de todxs, lo público. No obstante, no renunciamos a nuestra presencia callejera, a la reclamación de nuestros derechos. Ese grito al cielo no perece. No somos mercancía y, nuestrxs hijxs tampoco lo serán.

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