Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
Charcas y lavajos
Durante mis frecuentes excursiones por la Armuña salmantina, acostumbro a hacer parada en los pequeños lavajos que salpican sus barbechos dilatados. Oasis en el rigor estepario, brindan reposo al caminante exhausto; a las aves, agua fresca.
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Humedales de mi tierra castellana… Mi ánimo se encoge cuando os contempla, éticos y pútridos, bajo el calor estival, menguada vuestra belleza a la mínima expresión. Llega el otoño, pródigo en lluvias, y el corazón de la estepa se ensancha por venas y regatos. Brota la vida a borbotones en el fecundo limo, alma y sustento de la laguna.
Llama mi atención la algazara de las fochas, que en frenéticos escarceos amorosos, chapotean con estrépito sobre la superficie del agua. Más tímido que sus ruidosas vecinas, el zampullín se sumerge en la quietud de las ondas al menor indicio de peligro. Abandona una pareja de azulones su refugio de carrizos y espadañas. Su lento navegar va dejando tras de sí sendas estelas de plata. La garza, arpón viviente, se apresta a capturar en el lecho de la charca alguna desprevenida tenca.
La tarde, inmenso pez de sombra, va cayendo al ritmo monocorde de las horas. Nostalgia de otros tiempos se respira en los viejos lavaderos –ya sin agua– de las eras.
La vida se aquieta en la pequeña charca. Anátidas y fochas se retiran al amparo de raíces y cañaveras. Tras ágiles revoloteos en el azul del cielo, la grácil lavandera acude a mirarse, coqueta, en el verde espejo del bodonal.
“Llegó el momento de desandar el camino” –pienso para mí–. Y guardando los prismáticos y mi cuaderno de campo en el morral, me dispongo a regresar a casa, no sin cierta pena por tener que abandonar este apacible locus amoenus.
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Alondra armuñesa | Lunes, 28 de Marzo de 2016 a las 13:40:39 horas
Justo al lado de la laguna de Pedrosillo, cuando era pequeña me sentaba en un banco de piedra y miraba las aves que pasaban al atardecer. Y también, cierta noche de verano, me puse con mis primas y mi hermano a mirar las estrellas, tumbados en las eras, allá en los años ochenta. Los veranos allí transcurrían entre bicicletas, "guerras de agua" y jugar al dominó toda la tarde con mis padres, abuelos, tíos y primos. Un día fui con mis tíos abuelos a "esbillar" garbanzos. Recuerdo a mi abuelo haciendo ristras de ajos, y siempre venían algunos paisanos a comprarlos y a contarnos algún que otro chascarrillo. Iba yo con mi abuela paseando por uno de tantos caminos, mientras me recitaba poemas de Gabriel y Galán. Enhorabuena por tu artículo, es muy castellano y sensible. Me ha traído muchos recuerdos de la infancia.
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