Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
En recuerdo del historiador e investigador abulense José Belmonte
“Gracias Pepe por tus libros vivos, por tus testimonios, por tus recuerdos, por tu contagio y querencia por Ávila y sus gentes, por compartir inquietudes, por tu generosidad, y por enseñarnos y descubrirnos una identidad histórica y cultural que tanto nos une”.
Y es que Ávila fue, precisamente, el punto de encuentro donde tanto queríamos a Pepe Belmonte quien suscribe y otros tantos y numerosos amigos.
La esquela de su necrológica rezaba entonces que el 24 de agosto de 2015, en Plencia (Vizcaya) había fallecido Don José Belmonte Díaz, abogado, doctor en derecho, historiador, viudo de doña Pilar Leseduarte Gil y padre de Gonzalo, Sonsoles y Marta.
José Belmonte nació en Ávila en la calle Covaleda el 28 de noviembre de 1922 en el seno de una familia de cuatro hermanos, la misma ciudad donde su padre era tesorero de Hacienda y gran fervoroso de Santa Teresa y custodio de sus joyas en tiempos complicados.
Vivió luego en la calle de Pedro Lagasca, 9 y en la plaza de Pedro Dávila, hoy Posada de la Fruta, donde escribió sus primeras cosas sobre Ávila: “Leyendas de Ávila” y “La calle de la Muerte y la Vida”.
Al tiempo que desde el ventanal de su casa vio la vida y la muerte pasar: comitivas de bodas, labriegos con carromatos, tartanas y burros para vender en el Mercado Chico, el furgón mortuorio tirado por una mula hacia la carretera de Mingorría, y procesiones de gaitilla y tamboril, de la banda municipal de música, y de Vírgenes y Santos.
“Yo viví en Ávila, los últimos años de la Monarquía de Alfonso XIII y los de la II República y los de la Guerra Civil”, escribió José Belmonte, unos tiempos difíciles con multitud de aristas y vidas truncadas que están por escribirse.
Y aunque a partir de los años cuarenta residió en Bilbao, siempre tuvo casa abierta en Ávila, las últimas décadas en la calle de San Juan de la Cruz donde las puertas están todavía de par en par.
Aquí acudía todos los años, atraído por el espíritu de la ciudad histórica que era su “locus standi” o lugar donde se está o al que se acude para mirar el mundo, igual hacía Santayana.
Fue escritor de novelas, ensayos y artículos, bibliófilo, investigador infatigable, narrador de cuentos y leyendas y viajero trotamundos.
Belmonte participa de la vida cotidiana de la ciudad en la que siempre estaba presente aún en la distancia, recupera viejas costumbres en sus textos, lee, charla y escribe de todo lo que se escribe y publica en y sobre Ávila.
Los libreros de Ávila Senén, Medrano, Rosa “Ópalo” y Gonzalo fueron sus grandes aliados y puente de encuentro con los lectores y otros autores.
Fue un activista cultural en su juventud, cuyo poso mantuvo a lo largo de su vida, participando en numerosas jornadas culturales y haciendo finalmente de pregonero del patrón San Segundo.
En sus libros rescata a una larga nómina de autores, artistas, profesores, poetas, escritores, políticos, arqueólogos, historiadores, párrocos, religiosos, directores cinematográficos, etc. que forman la memoria colectiva con la que crea el ideario universal de lo que es Ávila.
Y entre los nombres propios que se repiten en sus textos figuran los de Santa Teresa, Larreta, Rubén Darío y Caprotti, por ejemplo.
Con Belmonte coincidimos en Ávila en citas obligadas de su cultura centenaria, sus tradiciones, sus leyendas, su bibliografía, su imagen retratada, sus monumentos, sus paisajes, sus iglesias, sus conventos, su magia legendaria, su gentes, sus personajes, sus biógrafos, sus guerreros, sus mártires, sus santos, sus gobernantes, sus perseguidos, sus olvidados, sus escritores, sus pintores, sus retratistas, sus glorias, sus viajeros, etc.
José (Pepe) Belmonte se nos ha ido, pero gracias a él una parte de Ávila siempre permanecerá en nuestra memoria, y con él siempre Ávila tendrá vida después de su muerte, tal y como escribió:
“En el más allá –que no sabemos dónde está ni cómo es- aparece la Vida, después de la Muerte”.
Y de la muerte nos habla en capítulos que titula “El viático”, “La calle de la Muerte y la Vida”, “Atrio de San Vicente, aquellas despedidas a los muertos”.
Lo que a uno le une con tan insigne autor es haber podido compartir las mismas querencias y entusiasmarse, a la vez, de nuevas vivencias y descubrimientos, lo que ya se produjo cuando con veintitantos años me encargué de la realización de la revista cultural “Piedra Caballera” (1982-1989).
Entonces nos topamos con su entrañable libro de leyendas abulenses, al que siguieron sus interesantes trabajos sobre Ávila en una tarea incansable de investigación que dio títulos tan emblemáticos como "La Ciudad de Ávila. Estudio histórico" (1986); "Los Comuneros de la Santa Junta: La Constitución de Ávila" (1986); "Judíos e Inquisición en Ávila" (1989); y "Ávila Contemporánea, 1800-2000" (2001).
Y sobre dichos títulos, recuerda el autor la proclama leída en la Puerta del Adaja en la “XI Marcha Hípica Cultural” (2012):
“Consigue llegar a quien se acerca a leer sus páginas”.
No son discutibles ahora los métodos de investigación seguidos, o los puntos de vista de los estudios, ni la relevancia o no de unos aspectos sobre otros, ni cabe hablar de literatura histórica, de narrativa política o de crónica social, pues Belmonte lo que hace es recorrer los caminos de la historia abulense y abrir otros, quedando siempre algunos que otros descubrirán.
Al mismo tiempo, la intrahistoria abulense que vivió Belmonte, así como sus impresiones y recuerdos de juventud, quedó reflejada en libros testimoniales de una época: Ávila en mis ojos" (2011), “Ávila en la Guerra Civil” (2012), "Ávila mágica" (2012) y "Ávila eterna" (2013).
Libros estos, intimistas personales y detallistas, en los que tuve la oportunidad de colaborar estrechamente en su documentación gráfica con imágenes y fotografías antiguas cargadas de simbolismo que iluminan los textos.
Los títulos anteriores son como el testamento vital de su actividad narrativa y su creatividad memorable, y sobre ellos conviene acotar que el autor solo pretende trasladarnos su visión personal de los tiempos que le tocó vivir en Ávila, al margen de la “historia oficial” y sin pretender hacer la “contrahistoria” que define Foucault.
La historia reciente que nos cuenta Belmonte, la que le tocó vivir, no quiere ser una visión unívoca de aquellos tiempos, ni tampoco ser excluyente de las vivencias de otros muchos abulenses, tanto o más enriquecedoras.
Fue un heterodoxo ilustrado, hombre creyente y contestatario a su manera. Un verso suelto de la sociedad abulense “de siempre” de la que se sentía miembro, sin dejar por ello de ser crítico y reivindicativo.
Lo mismo que ocupa un lugar relevante en la construcción historiográfica entusiasta de la ciudad, como dijimos antes, con lo que contribuye a su divulgación y difusión, siempre abriendo nuevas vías de investigación a futuros estudiosos.
Y por todo fue galardonado con la Orden del Mérito Civil, condecoración otorgada por lo extraordinario de sus trabajos y servicios.
Ambos compartimos formación en Derecho y coincidimos en el libro “Ávila dibujada” (2005) donde se recoge parte de la historia gráfica de la ciudad y su atractiva visión plástica que tanto nos apasiona.
Y también fuimos distinguidos con el premio “Pablo Iglesias” del sindicato UGT de Ávila en 2009 y 2012, respectivamente, por la trayectoria en favor de la cultura y la revitalización de nuestra historia social, un galardón del que gustaba presumir demostrando un profundo respeto ideológico.
De la misma manera, nos reencontramos en el libro “Los Pueblos Mineros” (1996) y en otras investigaciones sobre la conflictividad social en Vizcaya de Pilar Leseduarte Gil, su esposa e inseparable colaboradora, pues se daba la circunstancia de que la familia de mi abuela materna había sido inmigrante en Gallarta y Bilbao y había sufrido aquellos tiempos de luchas obreras estudiados por Pilar.
Belmonte no sólo escribía la historia de cada rincón abulense escudriñando archivos, rebuscando detalles en iglesias y conventos, haciendo gala de su memoria y sonsacando a unos y otros paisanos, sino que además lo contaba en largas conversaciones reviviendo cada momento ("Ávila de Memoria. Conversaciones con José Belmonte", de Jesús Arribas, 2009).
Y así, en las obras escritas a modo de libro de memorias y recuerdos, nos contó su vida, sin heroicidades, trasladándonos así una parte importante de la vida de Ávila sin querer ser la única:
“El pulso de Ávila es su intrahistoria, esa parte de intrahistoria que yo viví y que si nadie cuenta, irremediablemente, se borrará para siempre”.
Era un apasionado de la cultura judía de la España medieval hasta el siglo XVI y de Sefarad:
“Me considero –y ello no es ningún mérito- ser el abulense que más vueltas y revueltas ha dado y llevado a la pluma estas cuestiones (de los judíos), y que desde mi juventud, ha recorrido todos los lugares judaicos de Ávila”
Y de ello se ocupó con cariño y laboriosidad en obras como: "Judíos e Inquisición en Ávila", 1989; "La Expulsión de los Judíos. Auge y ocaso del Judaísmo en Sefarad", 2007 (en colaboración con su esposa Pilar Leseduarte Gil); y "Judeoconversos hispanos. La Cultura", 2010.
Estudió Derecho en las Universidades de Valladolid y Deusto, en esta última se doctoró y dio clases como profesor de Historia Contemporánea de Iberoamérica y de cursos monográficos del doctorado. Después ejerció la abogacía en los colegios de Bilbao y Burgos.
De su etapa académica y estudios jurídicos son los libros titulados "Defensa y Responsabilidad Civil", en colaboración con su hermano Luis Belmonte, 1956; "Historia Contemporánea de Iberoamérica", 1971; "La Constitución Española. Texto y Contexto", 1979; y "Las Leyes de Burgos y el Constitucionalismo Social Iberoamericano”, 1979.
Su bagaje historicista y actividad investigadora se completó años después con el libro "Godoy. Historia documentada de un expolio" (2004), escrito en colaboración con su esposa Pilar Leseduarte a partir de un valioso archivo personal inédito en un intento revitalizador de la figura del político ilustrado adelantado a su tiempo.
Fue colaborador de prensa y fuera de Ávila, donde también proyectó sus inquietudes culturales, cofundó el Instituto Vascongado de Cultura Hispánica, creó y dirigió la I Exposición Internacional de Prensa Iberoamericana en Bilbao.
En 2008 recibió en Bilbao un entusiasta homenaje por su participación en la fundación en 1958 del Certamen Internacional de Cine Documental Iberoamericano y Filipino de Bilbao (ZINEBI), el cual todavía se sigue celebrando y de cuyas I y II ediciones fue vicepresidente. Todo un merecido recuerdo de la sociedad bilbaína.
Amigo de compartir sus investigaciones históricas y su inquietud intelectual le hicieron integrarse en la Academia Burguense de la Historia de la Institución Fernán González de Burgos, de la Sociedad Bilbaína, del Instituto Internacional Francisco de Suárez (Burgos), de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, y de la Institución Gran Duque de Alba de Ávila.
En 2010, a petición de los vecinos, el Ayuntamiento de Ávila puso su nombre a una calle de reciente creación de la zona sur de la ciudad, de lo que se enorgullecía al verse reseñado en el plano callejero de su tierra natal del que le envié media docena de ejemplares.
Finalmente, en su última obra “Ávila eterna”, José Belmonte se despidió, humildemente, como vivió, sin alharacas, con estas palabras:
“Yo quiero dejar en este ensayo y de hecho lo dejo, señales de mi paso, los de un pobre e insignificante mortal, con parte de una vida vivida entre tus piedras. Yo he vivido entre cumbres y torres y bajo azules cielos, pero también lo he hecho entre neblinas y sirimiris, en tierras bilbaínas. Tengo dos, no sólo una, “patrias chicas”, la que me hice a la vida de lucha diaria para sobrevivir y donde precisamente, en el monte Pagasarri encontré un día de primavera a la mujer que iba a compartir mi gozosa vida bilbaína. Porque yo, te he sentido eterna, Ávila eterna, pero aunque lo he intentado, nunca pude captar tu misteriosa eternidad”.
Pero su despedida lo fue con voluntad de permanecer siempre entre nosotros gracias a sus libros. Así que leámoslos con espíritu crítico y pedagógico, porque son excelentes referentes de la historia abulense que, no obstante, seguirá reescribiéndose con nuevas aportaciones e investigaciones, incluso polémicas, tal como debe ser.


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José Mª García-Oviedo y Tapia | Viernes, 20 de Noviembre de 2015 a las 09:08:46 horas
Solo quiero comentar que Pepe Belmonte se merece como pocos una ESCULTURA EN BRONCE, que recuerde la dedicación que ha dedicado a Ávila durate toda su vida.
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