Del Viernes, 05 de Junio de 2026 al Domingo, 14 de Junio de 2026
Entre la utopía y la distopía
Desde principios del siglo XVI, en que Tomás Moro dejó escrito para la posteridad un libro, donde en un lugar imaginario de la tierra, la isla de la utopía, habitaba una sociedad idealizada, hasta mediados del siglo XX, en que Georges Orwell nos describiera, en dos de sus obras -'1984' y 'Rebelión en la granja'- unas sociedades distópicas (indeseables), pasaron más de cuatrocientos años y en todo ese tiempo la historia nunca conoció sociedades como las que Moro nos escenifica en su libro 'Utopía', pero sí hemos padecido sociedades como las que sufrieron los animales de la granja animal o los protagonistas de la novela '1984'. Lo que demuestra que vivir en sociedades indeseables siempre está a nuestro alcance.
La realidad histórica dista mucho de la sociedad que describe Tomás Moro en su libro, y es la que nos ha enseñado que las sociedades de cualquier época siempre se estructuraron en tres grandes grupos, lo que implica que el orden social nunca se vio alterado, y nunca se alterará. Cualquier época, incluso me atrevería a decir que también la del Neolítico, se estructuró de la misma manera: una clase social alta, una clase social media y una clase social baja. Da igual la denominación que se le haya dado, la subdivisión que se haya hecho, la realidad siempre ha sido la misma, y su esquema de funcionamiento se reproduce sistemáticamente: la clase alta no quiere perder el poder y sus privilegios; la clase media aspira a ocupar en la sociedad un puesto en las élites, y para ello se alía con la clase baja -a la que promete justicia social, igualdad, y una vida mejor- . Una vez conseguido el objetivo, se une a las élites desplazando de nuevo a los más desfavorecidos a su lugar natural. Consecuencia: la clase baja es la única que nunca consigue, ni siquiera temporalmente, sus objetivos.
Ningún régimen político, ninguna revolución triunfante, ha conseguido a lo largo de los siglos romper el orden social, y eso ha hecho que nunca conociéramos sociedades justas, libres e iguales. Hay una ley universal que está por encima de cualquier constitución, ideología o norma: la de la naturaleza humana: siempre habrá gente buena, gente mala y gente interesada. Y si se llega a la conclusión de que el orden social es inalterable, conviene precisar que llevar a la práctica una idea social utópica requiere de unidad de pensamiento y de claridad en la acción, lo cual necesita de una fuerte jerarquización y de un liderazgo casi mesiánico que evite cualquier desviación del proyecto social que se quiere llevar a cabo, y su consecuencia es clara: el modelo se suele convertir en un sistema autoritario porque materializar la idea social, el proyecto, es más importante que el individuo.
Lo fundamental es que la utopía sea un objetivo, una búsqueda constante del ideal social, porque en esa búsqueda vamos conquistando cuotas de bienestar para todos, pero si se llevara a la práctica, la utopía se transformaría en distopía, y sociedades así ya las hemos conocido. Y es que ningún gobierno, por muy democrático que sea, nunca se convertirá en pueblo. El poder se tiene y se quiere para algo, y si no se puede ejercer sobre alguien, ¿de qué sirve tener poder?
Dicho todo esto, a uno le gusta más la división social que hizo hace más de cien años Pío Baroja que, visto con la perspectiva de hoy, sigue más vigente que nunca. Aquí la tienen:
1.-Los que no saben; 2.-Los que quieren saber; 3.-Los que odian el saber; 4.-Los que sufren por no saber; 5.-Los que triunfan sin saber; 6.-Los que aparentan que saben; 7.-Los que viven, gracias a que los demás no saben (a estos últimos también se les llama políticos, y a veces intelectuales).





Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.209