Del Viernes, 06 de Febrero de 2026 al Martes, 10 de Febrero de 2026
Agosto
Mi mente se derretía bajo el azul plomizo de agosto. Me encontraba solo en el apeadero de la estación. La vasta planicie de rastrojeras se extendía ante mis ojos. La campiña parecía haber enmudecido. Ni siquiera los pardales alborotaban los predios con su habitual griterío.
![[Img #25396]](upload/img/periodico/img_25396.jpg)
Después de calarme bien la gorra, me encamino por un pequeño sendero al pueblo más cercano con el fin de tomar algún refrigerio.
Ya a la entrada del pueblo, me detengo unos instantes a admirar la dorada piedra de la iglesia de San Pedro Apóstol. Los sobrios sillares refulgen bajo el sol del mediodía. Sus rayos enrojan, en lo alto de la torre, de la cigüeña, el nido vacío. En los vanos del campanario, se respira ausencia de tordos y gurriaches (1).
Mientras me deleito paseando bajo la sombra de los árboles del parque, siento un alegre revoloteo de pájaros entre el follaje de las acacias. Entonces, tras alzar la mirada hacia estos traviesos huéspedes, pienso para mis adentros:
“Tal vez los pájaros del campo, huyendo del rigor canicular, han encontrado en este locus amoenus un reconfortante refugio”.
Cuando me dispongo a dirigir mis pasos hacia la tasca del pueblo para saciar mi sed, me encuentro con un paisano al que saludo amablemente:
–¡Buenos días!
–¡Buenos días! –me contesta el hombre para preguntarme a continuación–: ¿Es usté de aquí?
–¡No! Yo vivo en el pueblo de al lao. Ando por aquí de paseo. Voy a ver si me tomo un refresco en el bar del pueblo.
–¿El bar? Si lleva to`l mes de agosto cerrao…
–¡No me diga!
La respuesta de aquel lugareño me sentó como una bocanada de aire tórrido en el colodrillo. La imagen del ansiado refresco, acompañado del sabroso pincho de chanfaina, se esfumó en mi mente como se desvanece un espejismo en el desierto.
Ya eran casi las tres de la tarde. Como me aguardaban para comer en el pueblo de al lado, a quilómetro y medio de donde me encontraba, decidí volver sobre mis pasos.
A la mitad del camino, me detengo en el puente situado junto a las agujas de la vía del tren y vuelvo la vista atrás. Sobre tapial, adobe y viejas tejas, el dorado campanario lentamente se diluye en la calima estival.
(1): Gurriaches: gorriones.





titolivio | Miércoles, 27 de Agosto de 2014 a las 20:15:48 horas
Cada dia escribes mejor.Parece que lo vive el que lo lee. Es todo poesia.Gracias por deleitarnos con estos escritos
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