Las mensajeras de la nieve

Luis Miguel Gómez Garrido

El artículo de hoy está dedicado a un simpático pájaro que, si bien puede ser avistado en cualquier época del año, visita en mayor número las zonas húmedas de nuestros campos, parques y jardines con la llegada de los primeros fríos.

La lavandera blanca (Motacilla alba alba) es un pájaro grácil de singular belleza. Su tonalidad de nieve, su gracioso andar y el rítmico movimiento de su fina y larga cola le granjean la admiración del observador más sensible y avezado.

En los pueblos de las provincias de Ávila y Salamanca, por los que he realizado encuestas de campo a lo largo de estos años, los lugareños nombran a estas aves con términos harto expresivos, algunos muy ligados a la naturaleza invernal del pájaro: nevona, chivirica de la nieve, quincena, quinceta, aguzanieves, etc.

La meteorología popular, en sus pronósticos y cabañuelas, suele considerar la aparición de la lavandera blanca como barrunto de nieve, según puede apreciarse en este testimonio registrado a Martín Pérez González (Cantalpino, Salamanca)  el 31 de mayo de 2012:

“Y luego también las…, había otras chiviricas de la nieve también. Eran ne…, así, así, de color nevao, que tenían la, las plumas así de color nevado. ¡Sí! ¡Anda! Pues he visto tan solamente este invierno una. Una solamente he visto. Chi… chiviricas, chiviricas las llamaban. ¡Sí!, cuando, cuando, cuando estaba el tiempo para nevar, era cuando, cuando venía así más ella”.

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Hasta en la estación del verano, en la que es más raro ver a la lavandera blanca por pueblos y ciudades, su aparición esporádica junto a la piscina de un jardín o alrededor del abrevadero de una granja, por ejemplo, anuncia que el tiempo va a cambiar a peor, como he podido comprobar durante los años que llevo observando su comportamiento.

No hay ave del terruño que no tenga su copla o refrán. El pueblo, que es muy dado a sacar cantares, le ha endilgado a la nevona esta copla no exenta de ironía y sutil agudeza:

Eres como la quincena, niña,
menudita en el andar,
mucha pluma, poca cena
y muy dura de pelar .

En verdad, diga lo que diga la copla, la nevona alegra mis inviernos, año tras año, con sus ágiles danzas alrededor de la piscina de mi casa. Mientras la observo desde la ventana de la cocina, ella no cesa de anunciar  con alborozo:
-¡Nieve, nieve, nieve!

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