Librerías históricas: Senén "se traspasa"

Luis Miguel Gómez Garrido

Ayer, mientras me hallaba entretenido en observar las portadas de los diferentes libros expuestos en el escaparate de Senén, mis ojos se toparon con el fatídico cartel de “Se traspasa”.

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De súbito, se apoderó de mí un sentimiento de rabia y tristeza mal contenidas. En efecto, fue leer esas dos palabras, y abrirse de par en par, las puertas de mi memoria: los cuentos de la niñez, los primeros álbumes de cromos, -‘Naturaleza y color’, con sus preciosas ilustraciones del mundo animal–, y esas tardes eternas de estío en la Plaza y sus aledaños…


A lo largo del año anterior, nuestra ciudad fue testigo del cierre de algunas de sus librerías más emblemáticas: Ópalo, Librería Medrano (fundada a comienzos de la pasada centuria) y Librería Católica, -ésta última, abierta desde 1864, era la segunda más antigua de Castilla y León, después de la Librería Hijos de Santiago Rodríguez (Burgos, 1850)-. Ahora, la incierta sombra del traspaso se cierne sobre otro comercio histórico: la Librería Senén, ubicada en los soportales del Mercado Grande.


Cuando se trata de abordar la cuestión del cierre de estos comercios, por lo general, se aducen razones de tipo mercantil, sin profundizar en la verdadera raíz del problema, que no es otra que la crisis de valores en la que se halla sumida la sociedad capitalista. La mayoría de la gente prefiere la compra fría y aséptica de libros por Internet, al trato directo con el librero en la propia tienda. Mas, por mucho que se empeñe el poder del mercado en substituir al hombre por la máquina; la consulta de libros realizada en una página web, en mi opinión, nunca podrá equipararse con el placer indescriptible de hojear un volumen hallado al azar, en los estantes de una vieja librería.


Por otro lado, resulta lamentable que un lector exigente, cada vez que quiera adquirir un libro afín a su gusto o sensibilidad, se vea obligado a desplazarse a otras ciudades, sólo porque en la suya hayan desaparecido la práctica totalidad de las librerías, reconvertidas la mayoría de ellas, en impersonales franquicias.


Las instituciones, en lugar de promover un proyecto que incluya a los desatendidos comercios históricos dentro del patrimonio material de las ciudades, se desentienden hábilmente del problema, mientras despilfarran el erario de la res publica en juegos de luces, bambolla artificiera y otra suerte de zarandajas, cuyo único fin es entretener a mentecatos y exprimir faltriqueras.


No quisiera concluir este artículo sin antes plantear una breve pregunta retórica, dirigida como dardo de acíbar, a las conciencias sensibles de los lectores: una ciudad que asiste, indolente, a la casi total extinción de sus pequeños pulmones de vida cultural, ¿hacia dónde camina?

 

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