El Cerro Hervero

Luis Miguel Gómez Garrido

Habitualmente suelo ir a pasear al Cerro Hervero, un antiguo volcán extinto hace miles de años, según cuentan nuestros mayores. Una cárcava cubierta de yerbajos, en lo alto del cerro, indica al atento observador el lugar donde pudo estar ubicado el cráter.

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Desde esta atalaya, explayo la vista a mi alrededor: Las Hervencias, el silo, la torre de la catedral -apenas ya visible entre la masa informe y abigarrada de bloques y edificios-, el cordel de merinas que blanquea por entre los chaparros, los encinares de la dehesa; el vuelo raudo del gavilán, saeta del aire…

Por lo general, no nos paramos a contemplar la belleza de sitios como éste. En nuestro afán por conocer regiones exóticas, nos olvidamos de estos paisajes cotidianos, tan conocidos y, a la vez, tan desconocidos.

La sensibilidad del hombre urbano, incapaz de captar el alma del paisaje, se ha petrificado, aún más que el duro granito del cerro, que al menos permite a la encina hundir sus raíces en la entraña volcánica.

Apoyado en el asiento de una roca, oteo la dehesa moteada de encinas… Mis ojos, empero, no tardan en tropezar con la inmundicia de plásticos, botellas, latas y envases que el civilizado hombre moderno ha ido dejando aquí y allá como muestra de su proverbial urbanidad. ¿Dónde está la pretendida evolución del homo sapiens?

Quizá no exista tal evolución. Y quizá la Historia no tenga una trayectoria lineal y progresiva, sino más bien, una estructura circular y cíclica, interminable samsāra de maldades y despropósitos sin posibilidad de redención.

Si no somos capaces de mantener limpios los ecosistemas más cercanos a nosotros (un parque, un cerro, una laguna…), ¿cómo vamos a salvaguardar los grandes espacios naturales?

De nada sirve que resuenen en nuestros labios voces pomposas y altisonantes en pro de altas empresas, si no empezamos por cimentar con firmeza el edificio.

Puede que haya llegado el momento de tomar serias medidas para evitar que el Cerro Hervero, paraje de importante valor geológico y ornítico, se convierta en una sucia escombrera.

Ojalá las futuras generaciones puedan seguir disfrutando, como lo hicieron nuestros abuelos, de este regalo de la naturaleza.

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