Son malos tiempos para la razón

Alfredo Rodríguez Blázquez

Puede que estemos ante el final de un mundo conocido y el principio de un nuevo orden mundial. El triunfo de Trump y el “no” a la reforma constitucional del referéndum italiano son dos eslabones más que sumar a la cadena de derrotas que el “sistema” viene sufriendo desde que estalló la crisis.

Primero fue la primavera árabe, luego el Brexit, recientemente el “no” a la paz del referéndum colombiano y ahora la victoria electoral de Donald Trump y el “no” italiano a Renzi.

 

Cinco derrotas del establishment, frente a las masas que antes controlaba, confirman la decadencia de un modelo que degeneró en mentira y engaño y que ha puesto a la democracia –el peor de los gobiernos posibles, exceptuando todos los demás, en palabras de Churchill- a los pies de los caballos populistas.

 

Si nada sucede por casualidad, estarán conmigo, en que estamos viviendo momentos históricos transcendentales aunque no seamos conscientes de ello. El mundo conocido parece llegar a su fin y se abre paso un nuevo orden cargado de incertidumbre y miedo a partes iguales. Incertidumbre porque lo viejo no acaba de morir y miedo porque lo nuevo se asemeja, como una gota de agua a otra, a tiempos pasados que ya creíamos enterrados en el cajón de la historia. Tiempos de enfrentamientos ideológicos, de odios, de nacionalismos exacerbados, que llevaron al paroxismo de la violencia y la guerra a naciones enteras.

 

Es evidente que los tiempos, las circunstancias, las condiciones de vida del ciudadano de hoy, nada tienen que ver con las circunstancias vitales que se daban entonces, pero ello no es óbice para recordar una vez más –a modo de advertencia- aquello que decía Karl Marx: “la historia algunas veces se repite, primero como una farsa y luego como una tragedia”.

 

La llamada Gran Depresión, el crack de 1929, trajo a Europa el auge de los totalitarismos en sus distintas versiones: fascismo, nazismo y comunismo (éste ya implantado en Rusia una década antes). Regímenes que acabaron triunfando de lleno gracias al apoyo de las masas con las consecuencias que todos conocemos. Ochenta y tantos años después, lo que nos ha venido es una  Gran Recesión y con ella el resurgir de los viejos fantasmas del pasado en sus dos vertientes más radicales: el populismo nacionalista y xenófobo que representa Trump –instalado ya como alternativa de poder en las instituciones democráticas del centro y norte de Europa- y  el “progresista” que representa en España Pablo Iglesias.

 

Pero el problema no es que exista un Trump o un Iglesias. Personajes como ellos siempre han existido y existirán. El problema real es que hay muchos millones de personas indignadas y hastiadas con la clase política tradicional –con razón-,  dispuestas a darles su voto, tal y como ocurrió en aquellos años trágicos de la historia del siglo pasado sin que la mayoría fuera consciente de que estaban votando su propia destrucción.  

 

Trump ha triunfado porque se enfrentaba, con el apoyo silencioso de millones de personas, hartas de no poder expresar en público lo que piensan en privado, a la mentira y al engaño de la corrección política impuesta por el establishment.

 

Ha triunfado porque ha sabido explotar a su favor emociones como el miedo. Miedo a la inmigración, miedo a la amenaza terrorista del islamismo radical, miedo a perder los valores identitarios, miedo a la globalización. Su discurso, basado en la violencia dialéctica, en la xenofobia, la misoginia y la defensa de la identidad nacional, no le ha pasado factura porque hoy la política es espectáculo violento; se hace en los platós y en las redes sociales, y la violencia vende, como vende el discurso que cabe en 140 caracteres.

 

Trump y el “no” del referéndum italiano,  vuelven a hacer blanco en el corazón del sistema, un sistema que cumplió durante décadas pero que derivó en mentiras que han roto los  sueños y las expectativas de una gran parte de la población.

 

Pero aunque corran malos tiempos para la razón, enemiga implacable del populismo, hay que decir, en honor a ella, que el bien absoluto no reside en la democracia, pero fuera de ella solo existe violencia, opresión y falta de libertades.

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