Las ovejas ponen condiciones a Carmena

Alfredo Rodríguez Blázquez

Las ovejas son los animales más estúpidos de todos cuanto conviven con el hombre. Una oveja nunca mira por donde va, sigue al rebaño con la cabeza agachada y puede caerse a cualquier precipicio o tirarse contra una pared, si la primera, la que encabeza el rebaño, así lo hace.

Además, son asustadizas por naturaleza, hasta el punto de que si una oveja entra en pánico, por la razón que sea, y se mete en cualquier cabaña donde no caben más de diez animales, el resto la sigue, y una tras otra se van montando encima de las primeras hasta acabar asfixiando y provocando la muerte de las que quedan abajo.

 

Pero como ocurre con todas las especies de animales, incluida la humana, dentro de un rebaño de ovejas las hay más listas, más  torpes, las hay con una gran visión, con poca vista, las hay sordas, las hay que no quieren a sus crías, las que aceptan crías de otras. En fin… que hay de todo, y como en cualquier comunidad que se precie… unas mandan y otras obedecen, aunque ellas respetan los galones de sabiduría que da la edad. Si tuviera que elegir una característica que las defina, aparte la estupidez de la que hacen gala, yo las definiría por su carácter asustadizo y porque no olvidan sucesos traumáticos que marcan a todo el rebaño.

 

Yo no sé si la alcaldesa de Madrid conoce todas estas características y peculiaridades de las ovejas, pero a la vista de lo que le ha impactado la fiesta y el espectáculo de la trashumancia -escenificado por el paso de más 2000 ovejas por la cañada real madrileña que no hacían más que reivindicar una vía pecuaria esquilmada por la moderna urbanidad y el progreso-  parece que ha descubierto de golpe la trashumancia, los efectos benéficos para el medio ambiente que tienen los herbívoros y… a las propias ovejas.

 

Tanta impresión le ha causado esta fiesta reivindicativa que  ha  declarado que “tiene que ser maravilloso ir andando, con un atajo de ovejas, desde Cantabria a Extremadura”. Se ve a la legua que ella vive en su mundo, un mundo de ideas y ocurrencias constantes muy alejado de la realidad. Si hubiera hablado alguna vez con Eladio, con Manolo, con Paco… éstos le hubieran contado lo “bonito y maravilloso” que es dormir a la intemperie en un surco anegado  de agua, caminar bajo el frío o el calor, atender sobre la marcha a las ovejas que paren, lavarse en un río con el agua helada, matar a una oveja que ya no puede seguir el camino  y aprovechar su carne para alimentarse durante unos días.

 

Si lo hubiera hecho, comprendería que la vida no es igual para todos, que lo que ella ve tan bucólico, tan natural, tan de “verdad”, fue una forma de vida para muchos hombres de este país que vagaban días y días por las cañadas reales soportando todo tipo de inclemencias climáticas y sufriendo de soledad al dejar a los suyos durante meses para convivir con un rebaño de ovejas que se convertían en los únicos seres vivos con los que se podía relacionar, aparte de los cuatro o cinco perros que le ayudaban en su trabajo. Una vida tan “maravillosa” que solo daba para malvivir y a veces sobrevivir, señora alcaldesa.


Pero las ovejas del siglo XXI, es verdad señora Carmena, siguen desbrozando los pastos, evitan los incendios y abonan los campos, exactamente igual que lo hacían las ovejas de la Granja Animal, de las que aprendieron, imagino que por herencia genética, que cuando se las lleva a un pasto apartado y se las deja allí una temporada… se hace para reeducarlas. Aprendieron también que cambiar de pastos, de costumbres, de pastor y de dueño, todo ello de golpe, conduce indefectiblemente a vivir en un mundo peor. Y como eso lo llevan ya en sus genes, las ovejas de hoy han decidido, en asamblea nacional naturalmente, aceptar su oferta de pastar un terrenito de la Casa de Campo y posar para los turistas.

 

Pero exigen garantías y condiciones: quieren un contrato fijo y seguridad social. Una “cija” limpia y desinfectada. Un pastor amable que no utilice la “cayá” como arma arrojadiza. Dos perros “careas” que no muerdan y un mastín blanco que las proteja del lobo humano. Del otro, del lobo pardo, ya saben que las protege el mastín de la ley, una ley tan magnánima con ellas… que las indemniza con 60,00€  por “dejarse” degollar.

 

Ya ve usted como son, señora alcaldesa: tan exigentes como inocentes.

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