Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
Quién puede decir si un libro es bueno
Vamos a hablar, sin que sirva de precedente, de libros. Hace algunos días mantuve una discusión sobre quién debe valorar qué o qué no es literatura. Mi amigo escribe y es un lector habitual; no sabría decir de qué, pero lee, todo lo cual no nos convierte, ni a él ni a mí, en buenos lectores ni en buenos escritores. Pero el hombre está enclaustrado en esa obsesiva ideología actual por la cual, quien más quien menos, todos podemos opinar de todo.
La base del argumento es archiconocida: tal libro es bueno porque a mí me gusta y sobre gustos no hay nada escrito. Claro está que habría mucho que decir sobre este razonamiento, sobre su base lógica y argumentativa; pero vamos a dejarlo porque estas cosas son aburridas y poco interesantes, en general, salvo para quienes nos dedicamos a investigar en el lenguaje y sus miserias.
Me decía el conocido que nadie es quién para saber qué libro es bueno, que un libro lo es si gusta a mucha gente. La democratización de la literatura, tan buena para tanto, viene con su pero: todo el mundo es filólogo, al igual que quien más quien menos, es médico y sabe de dolencias varias y sus remedios farmacéuticos o donde menos lo esperas, salta un psicólogo arreglándote la vida.
Le he contado a mi amigo que, para que todo el mundo opine de qué libro es bueno y cuál no, han tenido que ocurrir, al menos, tres fenómenos culturales. El primero es el concepto posmoderno de que todo discurso es válido, tanto el de un filólogo como el de un aficionado a la novela histórica; el segundo es que el autor ha muerto, que sus libros (su creación) no le pertenecen porque, y este es el tercer razonamiento, la literatura está compuesta de textos y no de obras, o lo que es lo mismo: que los textos no son más que un fenómeno del lenguaje y el lenguaje, claro está, es de todos.
Los tres son opinables. Gran parte de estas ideas surge al olorcillo del estructuralismo que imperaba en la segunda mitad del siglo XX, ideología cercana a los movimientos marxistas que consideraban al escritor parte de un sistema en el que todo tenía su función… El escritor sólo sería una de esas funciones en la literatura y el autor estaría sometido a un lenguaje construido a base de miles de referencias culturales, por lo que sus textos no le pertenecerían estrictamente. Desde este punto de vista ideológico, todos somos escritores, pintores, escultores y artistas en general del gremio que sea (hoy basta dar una patada a una piedra para que salga un poeta).
Uno cree poco en estas teorías y cree, también, que pasarán con el tiempo, como todo pasa. Pero, por el momento, van dejando su poso: el autor se queda sin su obra que pasa a dominio público; el médico ve cuestionado su diagnóstico por un aficionado a los programas de salud de su canal de televisión; al profesor le enmienda la plana cualquier iletrado.
Todo ello, le seguía contando a mi amigo, viene de una misma fuente: la disolución de la persona como eje del pensamiento; del hombre como centro de su mundo; de la fractura en la dignidad del hombre que el siglo XX fue imponiendo. Primero murió Dios; luego tenía que venir, necesariamente, la muerte de la persona. Detrás ha muerto el autor, la poesía, la novela y la propia literatura, sepultada bajo un marasmo hecho de libros baratos y de modas repetidas. Y sabe Dios cuántas muertes de nuestras cosas de siempre nos quedarán por ver.
Decía, por volver al tema, que uno no ha terminado nunca de creer en la muerte del autor, como no quiere creer en las muertes que antes citaba. Porque todo autor sabe que la escritura es pelearse con el lenguaje hasta límites de ruptura: que se lo digan a San Juan de la Cruz, a Cervantes o a quienquiera que haya tenido que superar los límites que le impone ese lenguaje que no le pertenece. Si los textos fueran de todos, su autor no existiera o fuese sólo una función del discurso, Fray Luis debería haberse librado de la cárcel o Juan Ramón no tendría que haber estado en su permanente neurosis revisando sus poemas. Pero es difícil enmendarles la plana a los Foucault, los Barthes, los Bajtín y tantos filósofos y teóricos del muy terrible y desacralizador siglo XX.
Ya, ya. Teorías -me ha dicho el amigo. Pero no me va a decir a mí nadie lo que es bueno y lo que no. Y así ha quedado la discusión: en tablas. Sólo que no jugaba uno contra su amigo, que es buena persona, sino contra tanto pensamiento grabado en el pensamiento colectivo. Quería hoy haber hablado también de la abundancia de poetas y de premios literarios, cuando se supone que la poesía ha muerto; pero lo dejaremos para mejor ocasión.




Mar | Martes, 13 de Noviembre de 2012 a las 19:18:36 horas
Malas críticas a buenos libros
http://www.lecturalia.com/blog/2012/11/13/malas-criticas-a-buenos-libros/
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