Los otros

Luis Represa

Hace tiempo, vi un documental sobre los desaparecidos chilenos y argentinos.

Una cámara enfocaba a los familiares, y ellos simplemente hablaban sobre el sufrimiento, la incertidumbre, y el dolor que provocaba la ausencia.

No había alharacas, ni efectos especiales, solamente las palabras de los familiares, entre ellos varios niños y jóvenes, las edades oscilaban entre los nueve y los dieciocho años. mpresionaba la facilidad de palabra, la pulcritud y la exactitud con que se expresaban. Algunos eran niños de callampas o villas míseras, chicos de escuela pública, sin  ordenadores ni pantallas digitales, solamente una pizarra ajada, una tiza y algunos libros.

La fluidez verbal y riqueza de vocabulario eran palpable muestra de la coordinación entre lo que sentían y lo que expresaban. El reportaje primero emocionaba, y luego provocaba una cierta vergüenza ajena cuando se comparaba la expresión oral de aquellos chicos, con la de nuestros jóvenes.

Los jóvenes españoles, la generación mejor preparada de la historia y demás cuentos, es por lo menos en cuanto a la expresión oral, de una pobreza verbal aterradora. Incapaces de hilvanar un discurso mínimamente lógico, son la prueba fehaciente no solo del fracaso del modelo educativo español, sino de la falta de futuro, libre de manipulaciones e intelectualmente independiente. 

Haga usted la prueba, dé un texto a cualquier joven o niño que tenga más a mano, y pida que lo lea, su sorpresa será considerable, verá que apenas deletrea, que no sabe lo que  dice y, por supuesto, no piense que se lo va a poder explicar de forma inteligible. Usted solo obtendrá balbuceos, miradas de vaca viendo pasar el tren, lugares comunes y ninguna vergüenza por su analfabetismo funcional.

Lo curioso es que detrás hay un presupuesto educativo superior al de muchos países europeos, ordenadores de última generación, equipos de pedagogos, consejos escolares, pantallas digitales y unos padres ajenos a dichas carencias, incapaces de mirar más allá de lo que dice el boletín de notas, que por regla general dibuja un niño  rozando lo brillante.

No conozco el caso de un solo padre que haya ido a la escuela a preguntar el porqué de la deficiente capacidad de expresión oral y comprensión lectora del niño a pesar de las buenas notas.

Tampoco conozco ningún padre sorprendido por la falta de sentido estético de su hijo, ante un paisaje, una ciudad,  un cuadro o una estatua,  a lo mejor es que ni se lo plantean, quizás les parezca algo baladí  y prescindible, seguramente ajeno.   

La educación en España es una ficción como tantas otras,  no creo que se puede esperar mucho de una generación que no sabe leer ni escribir correctamente, y en la que el pensamiento e introspección necesaria ha sido sustituida por maquinitas y ruido. Ruido de telebasura y ruido de bares donde los niños viendo a sus padres, identifican ocio con bebida y alegría con voces.

Yo no sé, si esa incapacidad para expresar  lo que se siente, o pensar, de la mayoría de los niños españoles, es responsabilidad de sus profesores, de sus padres o de la sociedad. Pero cuando uno vuelve la vista y se fija en aquellos profesores de Chiapas en México, de Santa Clara en Cuba, de Iquique en Chile, o de Salta en Argentina, que a base de entusiasmo, esfuerzo y pasión por la enseñanza, sin medios, sin logses, sin consejeros autonómicos. Forman y forjan unos niños que por lo menos leen y hablan perfectamente, no deja de preguntarse si no sería conveniente definir como tercer mundo más que las carencias materiales de unos, la miseria espiritual de otros.

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