¿Qué mundo queremos?

Diego Hernández Gil

Sorprende ese mundo con el que nos despertamos cada día. Bueno, o quizá no. ¿Quién sabe? O a lo mejor es lo que nos esperamos. Ver muertes y muertes en ese electrodoméstico que dice que nos comunica algo. Esa pequeña frase soltada en plan rumor que resuena cada día. Esa que dice que es más habitual presenciar actos violentos y nada pacíficos que una imagen tan inocente y dulce, como lo pueda ser un beso o un abrazo.

Duele, pero es así. La pura realidad… Esa realidad que nos imponen, como si fuera una “obra” de magia. Pero desde luego, no es así. Va más allá de un simple juego de azar o de una catástrofe fruto de la casualidad. Es algo que da velos de estar programado.  Como si de una partida de ajedrez se tratara. Sólo que sin ser las fichas de dos personas, que sólo se divierten entre sí. Es más transcendental y complejo.


Así, vemos o, mejor dicho, algunas personas creemos que sucede el mundo, desde que amanece hasta que se acuesta. Soltando lágrimas y tintes de sangre. Que parecen lejanos, a pesar de tener una causa muy, pero que muy cercana. Menuda contradicción, ¿no? Eso, al menos, parece si tenemos el detalle de detenernos a analizar. Perdonen otra vez la aparición en escena de mi nada fina ironía. Uno empieza a estar harto.


Supongo que es incómodo leer palabras de crítica. ¿Qué va a hacer uno si no acepta el mundo al que vino? ¿Y si no ve coherente el matarse como rutina en vez de darse abrazos y besos? No se trata de ser un hippie, que propague el amor libre. Aunque en ocasiones, no dude en mostrar mi predilección por esa letra utópica y maravillosa del gran John Lennon. Ese 'Imagine' que cantaba a ese mundo sin barreras.


Difícil de ver ese “mundo feliz” hoy en día. Más lo es, si cabe, al recordar lo sucedido en estas últimas semanas. Quede aquí patente mi dolor por las víctimas de Bruselas. No obstante, el problema no redunda en las muertes allí acaecidas. Viene de aquella idea imperialista, que hoy sustituimos por el término gramsciano de “hegemonía”. Esa teoría de los tres mundos, de supremacía de un primer mundo sobre el resto. Del capital que sustituye al viejo modelo imperialista, que todavía (muy a nuestro pesar) sigue vivo.


Y siendo conscientes de todo esto, ¿qué nos queda? ¿Qué debemos hacer? ¿Escondernos en nuestras casas? ¿Caer ante el súbito pánico? No, por supuesto, que no. No es la intención de este humilde artículo. Estaría bien, por el contrario, en recurrir a la vieja idea de ese otro mundo mejor. Ese mundo más humano, más coherente. Ese que nos pedían en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por eso, ¡qué menos que nuestro país acoja a todo aquel que pida asilo! ¡Qué menos que ser consciente de lo que sucede más allá del partido del sábado! ¡Qué menos que seguir saliendo a la calle y dejar el miedo  a un lado! No hay otra forma, o eso creo.

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