De la nomofobia a la esclavitud del ojo digital

Alfredo Rodríguez Blázquez

Nomofobia es el término acuñado para describir el trastorno de la personalidad que se produce en quién no puede estar sin su móvil.

Los especialistas en esta materia lo han definido  como el miedo irracional que genera la incomunicación cuando no podemos hacer uso de nuestro dispositivo digital. Un miedo que genera ansiedad, cierta angustia, y dicen que este trastorno ya lo sufre, sin saberlo, la mitad de la población. No sé lo que pensarán los demás pero yo pienso que es verdad. Y lo pienso porque, hoy día, los móviles de última generación, los dispositivos digitales, ya forman parte, como un apéndice más, de nuestro cuerpo y, lo que es peor, de nuestra mente. Pero más allá de esta pequeña explicación del término nomofobia, el móvil y las redes sociales se están configurando como herramientas  que nos encadenan a una realidad virtual y desnaturalizada. Una realidad que empieza a conculcar la libertad individual (el bien más preciado del hombre) porque muchos ya no sabemos ejercerla  sino es a través de nuestro  ojo digital, ese que todo lo ve y todo lo enseña.

 

Pero esto hace muchos años que ya nos lo advirtieron autores como Aldous Huxley y Georges Orwell. El primero visualizaba un futuro donde las sociedades se encaminarían hacia su propia esclavitud, sin que los individuos pusieran traba alguna. Huxley –autor de la novela  un mundo feliz- predijo que la gente llegaría a amar su opresión y adorar las tecnologías que anulan su propia capacidad de pensar. Y Orwell –del que tanto se habla últimamente- explicó que las tecnologías de la información acabarían por oprimir aún más a los individuos. Pero Orwell fue un poco más lejos al decirnos que las ideas totalitarias (las que reflejan sus obras 1984 y rebelión en la granja) echarían raíces en los cerebros de los intelectuales, en todas las partes del mundo.  En 1984, quizá su obra más importante, el partido dominante de Oceanía, el Ingsoc, quiere el poder por el poder con un único objetivo: perpetuarse en él. Y para lograrlo, utiliza el poder de un Gran Hermano (el ojo que todo lo ve) y crea un Ministerio de la Verdad, cuyo fin último es reescribir la historia para que las evidencias del pasado sean vistas a través de la nueva realidad creada por el partido. Un Ministerio que tenía tres lemas: la paz es la guerra, la ignorancia es la fuerza y la libertad es la esclavitud, tres contradicciones que hoy sufrimos y disfrutamos por igual en las redes sociales.

 

Hoy estamos siendo conducidos a un mundo totalitario sin que nadie nos obligue, pero, como diría Huxley, somos nosotros mismos los que nos estamos poniendo las cadenas con gusto. Nos estamos convirtiendo en partícipes directos del control de las masas que pretenden unos pocos, participando de lleno con nuestros “ojos digitales”, que todo lo ven y todo lo enseñan, del poder del Gran Hermano. Unas veces hacemos de vigilantes y otras de vigilados, y, lo que es peor, ya difuminamos nuestra intimidad y… la de los demás. Vivimos una falsa democracia digital donde no hace falta tener conocimientos para opinar, basta con tener twitter o facebook. Y de ahí, a ejercer de soldados para una élite interesada en conquistar el poder… hay un solo paso. Las redes sociales se están convirtiendo en fábricas de odio que trabajan sin parar para favorecer los intereses de unos pocos, son el instrumento ideal para sembrar el sectarismo, la división y el enfrentamiento, lo que puede acabar convirtiendo los sueños de una minoría intelectual (¡que listo era Orwell!) en pesadillas de todos. Y lo irónico, como decía Huxley, es que lo hacemos con gusto, porque la inmediatez y la emoción, los rasgos característicos de las redes, impide que podamos pensar y reflexionar, lo que nos convierte en masa fácilmente manipulable. Sociedades indeseables como las descritas por Huxley y Orwell en sus obras, las hemos conocido a lo largo del siglo XX, pero si algo hemos aprendido de la historia es que nada hemos aprendido de la historia.

 

Aldous Huxley, hoy tantas veces citado en este artículo, lo clavó hace 60 años cuando dijo lo siguiente: un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.

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