Del Sábado, 17 de Enero de 2026 al Martes, 20 de Enero de 2026
Cataluña: problema irresoluble
El conflicto de la sociedad catalana, en la que conviven ideas y sentimientos enfrentados, es un cóctel que amaga con incendiar a todas las partes. Desde Moncloa y la Generalitat ya sabemos que esto no se va a solucionar.
Moncloa se ha instalado en la fuerza del estado de derecho y la Generalitat hace mucho tiempo que dejó de hacer política -entendida ésta como la atención a los problemas de los ciudadanos- para hacer “país”. Y el problema, aunque muchos no lo crean así, no es un problema catalán, es un problema español. Hay otros territorios que están esperando acontecimientos para ver qué pasa. Me refiero a Baleares, País Vasco, Navarra, Canarias, Galicia... Y esto hace que la solución (si alguien la tiene) tenga que ser global y consensuada por todos.
Dicho esto, el problema catalán, como dijo Ortega en un famoso discurso del año 1932, en las cortes republicanas, es un problema irresoluble, un problema que solo se puede “conllevar”. Y hasta hoy, después de unas elecciones convertidas simbólicamente en plebiscitarias, el problema se ha podido “conllevar”, pero las urnas han dejado claro que la mitad de la población catalana quiere la independencia. No ha obtenido mayoría en votos, pero el movimiento independentista para que triunfe solo necesita tiempo. En pocos años, el 47% de votos secesionistas aumentará significativamente y a partir de ahí… Las causas que nos han llevado a un callejón sin salida aparente, vistas las cosas con la perspectiva que da el tiempo, son evidentes.
El independentismo, es más que una ideología, es casi una religión basada en argumentos alejados de la racionalidad, de cualquier modelo socio-económico y de la política. Apelan a las emociones, a los sentimientos. Cuentan una historia instrumentalizada y crean, en el imaginario colectivo, la idea de que todos los problemas de la ciudadanía tienen un culpable: el estado central, y una solución: la independencia. Desde el siglo XIX, en Cataluña siempre hubo reivindicaciones nacionalistas. Pero fue Jordi Pujol, con la anuencia complaciente y complacida de los gobiernos nacionales que ha habido desde la transición, el que sembró la simiente independentista en las nuevas generaciones. PP y PSOE creyeron que la democracia estaba perfectamente asentada en España y con el apoyo sibilino del gran Don catalán, utilizaron todos los resortes de la democracia para crear un entramado de intereses partidistas y clientelares, que convirtieron la democracia representativa en una partitocracia de facto. Todos sabían en Madrid que el señor Pujol era un auténtico Don de la política y de los negocios, pero como a todas las partes les iba bien, muy bien, en esta feria de las vanidades y de repartos de poder, se dejó hacer y nada se intentó cambiar. El do ut des (doy para que me des) acabó por proporcionarle al ex presidente de la Generalitat, la mejor arma que un territorio puede tener para construir una nueva identidad: la educación, que junto a la inmersión lingüística y mental, permitió construir una identidad nacional desde la base. Hoy, una generación después, la mitad de los ciudadanos catalanes sienten el deseo de independizarse. Y de todos, los únicos que no mienten son los ciudadanos, tanto los que desean la independencia, como los que son contrarios a ella. Los malos, los que mienten, son los que les han contado una mentira y los que permitieron que esta se contara.
Dividir en dos bloques antagónicos a la población, apelando a los sentimientos, es dar argumentos al miedo, miedo a pensar distinto. Y el miedo es el preludio de la esclavitud. Pero quién mejor expresó lo que significa el independentismo, en otro contexto y época, fue Rosa de Luxemburgo, heroína política, mito de la izquierda y del feminismo: “El separatismo es una trampa burguesa que solo busca el derecho de autodeterminación de la clase dirigente”.





Xavi | Domingo, 08 de Noviembre de 2015 a las 12:45:32 horas
¿Desde cuando nacer en el teso (Avila) es ser catalán?
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