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Diego Hernández Gil
Viernes, 30 de diciembre de 2016

Despedida de año

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Suena difícil, pero no sólo leerla, sino también escribirla. Me refiero a la inevitable despedida de año, que esta semana abordamos. Con el inicio del invierno, ya tenemos presente en cada segundo, minuto y hora vivida el comienzo del fin. Pero, no seamos tan pesimistas.

Es un fin momentáneo. Dejamos de escribir las hojas y las crónicas de un año vivido, con retazos e historias contadas. Y a la vez, nos sentimos ansiosos por lo que nos va a deparar ese futuro, nada lejano.


La verdad es que han sucedido diferentes hechos en este año, que desde luego son de valorar. Como del mismo modo, son de valorar los caminos ya dados en años anteriores. Hemos perdido personas y han nacido otras. Nada nuevo para la naturaleza humana. Como tampoco lo es, a su vez, su comportamiento. Esa constante de amor y odio.  De vivir y morir. De aprender y desaprender. De tiempos, por desgracia, de guerra y de paz. Los tiempos de paz no siempre parecen del todo duraderos. Más bien, son algo invisibles y aunque aparentemente, haya a nivel de nuestras calles algo de paz, en el mundo sigue habiendo guerra.


Las circunstancias de esa guerra, a priori, lejana, se desmenuzan de diferente manera, según quien sea el emisor, quien nos comunique esa información que pretende ser real. De nuevo, se repiten los caracteres típicos de la humanidad. De esa humanidad que, en apariencia, se muestra sabia y racional; pero, que en la práctica, no se muestra de ese modo. Se empeña en caer en la misma piedra, como dirían nuestros ancianos. En caer siempre en esa misma piedra, en la relación amor-odio. En ese incansable ying yang.


No obstante, ¿qué nos queda a la humanidad? ¿Nos enteraremos algún día de lo que sucede en Siria? ¿Cabe la posibilidad de entender el mundo de forma diferente a como se escribe en los libros de texto? Y si la hubiera, ¿será por fin la humanidad racional y capaz de responder a estas preguntas sencillas en apariencia, pero difíciles en realidad de ser resueltas? ¿Quién responde a este niño curioso?  No se sabe. Por el momento… Estamos caminando en ese futuro incierto, que hoy se llama 2016 y en pocos días, se llamará 2017.

 

A lo mejor, se debería cambiar la gramática de estos humildes escritos. Debería desaparecer ya no sólo la tercera persona del narrador omnisciente o, en gran medida, la abusiva primera persona en singular, por llevarlo al terreno de quien se empeña en escribir. Esa persona del sujeto-narrador debería empezar a convertirse en una primera persona en plural. Al menos esa parece la aspiración del humilde e inquieto joven. E indudablemente, debería abandonarse el subjuntivo en expresión de deseos y, suplirlos por un indicativo, que ante todo, haga referencia a acciones, a hechos puestos en marcha o en tentativa de ello, como mínimo.


En fin, traigamos algo de esperanza a los no tan remotos 365 días siguientes del 2017 y, démonos motivos para sonreír algo más, sin olvidar de ser coherentes y racionales con el genoma.

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1 Comentario
Fecha: Domingo, 1 de enero de 2017 a las 20:34
Erre que erre
Que nada, que seguimos igual, qué lío sin sentido, por favor. Pudor a la hora de publicar

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